Por Leonardo Parrini
La memoria feminista de la humanidad conmemora el natalicio de una de sus principales precursoras: Simone de Beauvoir. La escritora, profesora, filosofa y activista de los derechos de la mujer, nació el 9 de enero de 1908 en París. Criada en el seno de una familia burguesa con moral cristiana muy estricta, tempranamente mostró voluntad de romper con las enseñanzas y tradiciones familiares que conservaban su padre Georges Bertrand de Beauvoir, abogado y actor aficionado y su madre Françoise Brasseur, una mujer profundamente religiosa. Ella y su hermana pequeña Heléne de Beauvoir, con quien mantuvo siempre una estrecha relación, fueron educadas en colegios católicos. Desde su niñez, de Beauvoir destacó por sus habilidades intelectuales, que hicieron que acabase cada año primera de su clase. Como adolescente, se rebelaría contra la fe familiar declarándose atea y considerando que la religión era una manera de subyugar al ser humano.
Después de la Primera Guerra Mundial, su abuelo materno, Gustave Brasseur, entonces presidente del Banco de la Meuse, presentó la quiebra, lo que precipitó a toda la familia en el deshonor y la vergüenza. La pequeña Simone sufrió la situación y vio cómo las relaciones entre sus padres se deterioraban poco a poco. Hecho importante en el nacimiento de las ideas políticas feministas de Simone, toda su infancia será marcada por el hecho de haber nacido mujer: su padre no le escondió el hecho de que hubiese deseado un hijo, con el sueño de que hubiese cursado estudios en la prestigiosa Escuela Politécnica de París. Hasta ese momento Simone había tenido una infancia familiarmente bien provista. Los de Beauvoir veranearon a menudo en Saint-Ybard, en la propiedad de Mayrignac situada en Correze. El parque, fundado alrededor de 1880 por su abuelo, Ernest Bertrand de Beauvoir, había sido adquirido a principios del siglo XIX por el bisabuelo, Narcisse Bertrand de Beauvoir. De Beauvoir narró estos tiempos felices en sus Memorias de una joven formal.
Simone, a sus quince años ya demostraría la voluntad de ser una escritora. Su vocación se vio reforzada con logros académicos como estudiante destacada en la educación secundaria y universitaria. Tras diversos reconocimientos acabó licenciándose en letras, con especialización en filosofía, en la primavera de 1928, tras haber aprobado también unas certificaciones de ética y de psicología. Sus estudios universitarios concluyeron en 1929 con la redacción de una tesina sobre Leibniz, culminación de sus estudios superiores.
Simone llega a ser profesora de filosofía en 1929, época en que entabla relaciones con Jean Paul Sartre de quien no se separaría hasta su muerte. Ante la imposibilidad de que ambos pudieran hacer clases en la misma institución educativa, Sartre le propuso matrimonio a lo que de Beauvoir se negó. En su libro La fuerza de las cosas explica el porqué: “Tengo que decir que no pensé en aceptar aquella propuesta ni un segundo. El matrimonio multiplica por dos las obligaciones familiares y todas las faenas sociales. Al modificar nuestras relaciones con los demás, habría alterado fatalmente las que existían entre nosotros dos”. De igual manera, de Beauvoir decidió no tener hijos.
De la literatura al activismo político
Sus inicios literarios no fueron tan auspiciosos. Las editoriales Gallimard y Grasset rechazaron su primera novela, Primaldad de lo espiritual, escrita entre 1935 y 1937, que se publicó tardíamente en 1979 con el título Cuando predomina lo espiritual. Sin embargo, en La Invitada que se publicó en 1943; es una novela en la que su autora elabora una reflexión filosófica sobre la lucha entre las consciencias y las posibilidades de la reciprocidad: el libro se convirtió en un éxito editorial inmediato que la llevó a ser suspendida en junio de 1943 de la Educación Nacional, tras la presentación de una denuncia por incitación a la perversión de personas menores en diciembre de 1941 por la madre de Nathalie Sorokine, una de sus alumnas.
En su actividad política pública, durante la Ocupación trabajó para la radio colaboracionista francesa Radio Vichy, donde organizó programas dedicados a la música. En esos días, con Sartre, Raymond Aron, Michel Leiris, Meleau-Ponty y otros intelectuales franceses de izquierda, fue la fundadora de una revista, Les Temps Modernes, que pretendía difundir la corriente existencialista a través de la literatura contemporánea. Simone continuó sus producciones personales y fruto de esa labor son las publicaciones de varios ensayos y novelas donde hablaba de su compromiso con el comunismo, el ateísmo y el existencialismo.
Su consagración literaria tuvo lugar el año 1949: la publicación de El segundo sexo, del que se vendieron más de veintidós mil ejemplares en la primera semana, causó escándalo y fue objeto de animados debates literarios y filosóficos. El segundo sexo se tradujo a varios idiomas y en los Estados Unidos se vendió un millón de ejemplares y se convirtió en el marco teórico esencial para las reflexiones de las fundadoras del movimiento de liberación de la mujer.
Las bases del feminismo
De Beauvoir, convertida en precursora del movimiento feminista, describe a una sociedad en la que se relega a la mujer a una situación de inferioridad. Su análisis de la condición femenina, en ruptura con las creencias existencialistas, se apoya en los mitos, las civilizaciones, las religiones, la anatomía y las tradiciones. Este análisis desató un escándalo, en particular el capítulo dedicado a la maternidad y al aborto, entonces equiparado al homicidio. Describía el matrimonio como una institución burguesa repugnante, similar a la prostitución, en la que la mujer depende económicamente de su marido y no tiene posibilidad de independizarse.
Tanto sus ideas políticas como intelectuales contribuyeron a enriquecer su obra literaria. Los mandarines, publicado el 1954, marcó el reconocimiento de su talento por la comunidad intelectual y se le otorgó por esta novela el prestigioso Premio Goncourt. De Beauvoir era por entonces una de las escritoras con más lectores a nivel mundial.
A partir de 1958, emprendió la escritura de su autobiografía, en la que describe el mundo burgués en el que creció, sus prejuicios, sus tradiciones degradantes y los esfuerzos que llevó a cabo para deshacerse de ellos, pese a su condición de mujer. También relata su relación con Sartre y pese a todo y a la fuerza del lazo pasional que aún los unía, ya no eran una pareja en el sentido sexual, aunque de Beauvoir se lo hiciese creer a sus lectores.
En 1964 publicó Una muerte muy dulce, que relata la muerte de su madre. Sartre consideró siempre que este fue el mejor escrito de Beauvoir. La eutanasia o el luto forman el núcleo de este relato cargado de emoción. A lo largo de su luto, a la escritora la acompaña una muchacha que conoció entonces: Sylvie Le Bon, estudiante de Filosofía. La relación que unió a las dos mujeres era ambigua: madre-hija, de amistad o de amor. En su cuarto escrito autobiográfico, Final de cuentas, de Beauvoir declaraba que compartió con Sylvie el mismo tipo de relación que la unió, cincuenta años antes, a su mejor amiga Zaza. Le Bon fue adoptada oficialmente como hija por la escritora, quien la nombró heredera de su obra literaria y de sus bienes.
Un adiós sin ceremonias
Tras la muerte de Sartre en 1980 publicó en 1981 La ceremonia del adiós, donde relató los diez últimos años de vida de su compañero sentimental, aunque los detalles íntimos de la vida del filósofo fueron mal recibidos por muchos de sus seguidores. Simone concluye La Ceremonia del adiós con una frase premonitoria: «Su muerte nos separa. Mi muerte no nos reunirá. Así es; ya es demasiado bello que nuestras vidas hayan podido juntarse durante tanto tiempo».
El encuentro con Sartre supone para de Beauvoir el enriquecimiento de una vida plena gracias a un permanente diálogo intelectual con un interlocutor privilegiado de un nivel que ella definía como mayor al suyo, al menos al inicio de la relación.
Sartre y de Beauvoir permanecen juntos desde que se conocieron, ni durante la separación de ésta de su familia. Fue una relación libre y necesaria que perduró hasta la muerte de Sartre. No obstante, no llegaron a casarse ni vivieron bajo el mismo techo, mantuvieron una relación abierta, sintiéndose felices con el lazo que habían creado entre ellos. Este esquema relacional novedoso sin duda se cimentaba en el rechazo profundo y visceral del modo de vida burgués.
Simone se rindió a su compañero en igualdad de condiciones, pero reconocería más tarde: «Era la primera vez en mi vida que yo me sentía intelectualmente dominada por alguno». Sartre no solo fue para Simone un compañero emocional, sino en el plano intelectual.
La visión existencialista
Las tesis existencialistas, según las cuales cada uno es responsable de sí mismo, se introducen también en una serie de obras autobiográficas de la autora francesa, cuatro en total, entre las que destacan Memorias de una joven de buena familia, también conocida como Memorias de una joven formal (1958) y Final de cuentas (1972). Sus obras ofrecen una visión reveladora de su vida y de su tiempo. Entre sus ensayos destaca La vejez (1970), centrada en la situación de la ancianidad en el imaginario occidental y en donde criticó su marginación y ocultamiento, y La ceremonia del adiós (1981), polémica obra que evoca la figura de su compañero de vida, J. P. Sartre.
Además de los aportes al feminismo de Simone de Beauvoir, cabe destacar sus reflexiones sobre la creación literaria, sobre el desarrollo de la izquierda antes y después de la Segunda Guerra Mundial, sobre el dolor y la percepción del yo, sobre los linderos del psicoanálisis y sobre las premisas profundas del existencialismo. Simone de Beauvoir no se autoproclamó feminista hasta años después de haber escrito El segundo sexo. Más tarde, en 1963, Simone de Beauvoir definió el feminismo como “una manera de vivir individualmente y una manera de luchar colectivamente”.
En la memoria del natalicio de Simone de Beauvoir, el mundo conmemora además el nacimiento de un nuevo concepto de mujer, liberada de las ataduras de una sociedad patriarcal, dueña de su destino en todos los planos vitales, tanto familiar, intelectual como laboral. Un ser, considera de Beauvoir, que no es una esencia sino una existencia con derechos y libertades que no pueden escamotearse, por el hecho de pertenecer al «segundo sexo».



