Por Abdón Ubidia
Noboa nació en cuna de oro. Su padre, Alvarito, también. Su abuelo fue el hombre más rico del Ecuador. Es decir, que es un joven de privilegio. Un niño de oro. La lotería del mundo le dio el primer premio. Técnicamente hablando pertenece a una rancia oligarquía. Es un gran burgués, dirían los sociólogos de antes. El conglomerado de empresas de su familia, en especial, el grupo Noboa, por fin logró un presidente suyo, fabricado para ello. Con educación excepcional en las mejores universidades del planeta; una plataforma política, largamente forjada —con cinco o seis aleccionadoras derrotas, si se cuentan no sólo los fallidos intentos de su inefable y bonachón papá y el uno, a medias, de su abuelo. Para que todo sea perfecto, tuvo a su haber un sistema electoral ad hoc, distorsionado y tonto, que le permitía callar a sus anchas para arroparse con el aura del enigma, es decir, de una imagen neutral, apolítica. Todos los astros bien alineados. El hombre correcto en el momento correcto.
Del otro extremo de la sociedad, provenía su compañera de fórmula. Pobre, con una cuenta bancaria magra y exiguos bienes personales, sin ningún antecedente familiar notable, una educación precaria, una experiencia política desastrosa pues, como candidata a la alcaldía de Cuenca, apenas quedó sexta entre siete candidatos. Resentida y rabiosa, encontró un refugio, apenas ideológico, en el seno de un movimiento de la extrema derecha económica, neoliberal a ultranza: los libertarios.
En otra latitud y en otro momento político de la historia —europea en ese caso—, hubiese sido la militante ideal de nazis y fascistas. No hay que olvidar el sustrato social del que venía buena parte de los seguidores de Hitler y Mussolini: provenían de los bajos fondos de un pueblo desesperado y carente de todo orgullo de vivir. Hitler y Mussolini, le dijeron al sastre del barrio, al tendero de la esquina, al proletario desencantado, al marginado de una familia pudiente, al hombre gris de las calles grises, que tenían un destino y una poderosa razón de ser: los unos pertenecían a una raza superior, la aria, y los otros, al pasado grandioso de la antigua Roma.
Es decir, que mientras el gran poder de las grandes corporaciones, sobre todo las de la industria bélica, como la Krupp, por caso, se acrecentaba; la gran masa de proletarios y lumpen social, se entregaba ciegamente a un sueño que le llevaría al desastre, el gran sueño de una ideología perversa.
Con otros presupuestos, no sería difícil demostrar que la ideología libertaria, simplificación extrema del neoliberalismo más craso, el de Friedman y la Thatcher —que auspiciaron a regímenes fascistas como el de Pinochet—, revive el mismo mecanismo de cooptación social que el nazi fascismo. En el fondo, transformar al don nadie, en un alguien fanático, ansioso de poder y dueño de una verdad suprema.
La libertad, es dizque la verdad única de los libertarios. Una dudosa libertad pues sólo implica la esfera económica. Tanto tienes, tanto vales. O valdrás. Una verdad manipulada equivalente a la de la raza aria y la grandiosa Roma.
El va de retro Satanás que el presidente Noboa impuso a la señora Abad, puede significar otra cosa que el desdén del niño rico hacia una advenediza.
Puede significar, además, que la vieja oligarquía no necesita renunciar a su cómodo statu quo, conservador y eficiente, para atender a los aspavientos de unos recién llegados, extremistas, escandalosos, resentidos, que quieren destruirlo todo, el Estado en primer lugar que, por cierto, esa oligarquía sabe controlar bien.
Es decir que Noboa no necesita de los libertarios y, en el fondo, tampoco del neoliberalismo, depredador e inhumano, para mantener su poder. Para qué hacer olas, dirá. Porque, en su elevado sitial económico, no necesita complicarse la vida para tener lo que ya tiene y siempre ha tenido.
De modo que es lógico esperar que, su breve mandato, tenga un corte apenas conservador y pragmático, en tanto que la señora Abad, seguirá revolviéndose en sus propios venenos y amarguras.



