Por Leonardo Parrini
Los países de Chile y Ecuador comparten por estos días una efeméride que simboliza una rica historia de amistad: el primer Premio Nobel de Literatura otorgado a Latinoamérica en la persona de la poeta chilena Gabriela Mistral, en diciembre de 1945. Fecha meritoria para ambos países, toda vez que la idea del premio para Gabriela se gestó en Ecuador por iniciativa de Adelaida Velasco, escritora guayaquileña y amiga de la Mistral.
Gabriela recibió hace 78 años, el 10 de diciembre de 1945, el Premio Nobel de Literatura de manos del monarca Gustavo V de Suecia y se convirtió en la primera poeta en recibirlo el América Latina y la primera mujer en conseguirlo.
Gabriela Mistral había nacido en Vicuña, un pequeño pueblo del norte de Chile, hija de una madre modista y un padre profesor. Tempranamente descubre dos vocaciones suyas, la de maestra y la de escritora, que combina a lo largo de su vida con intensa dedicación. Apasionada por la educación y por la poesía, Gabriela fue maestra vocacional y escritora prolífica que comenzó a publicar en medios regionales como fueron los periódicos El Coquimbo y La voz del Elqui. Sus versos y prosa calaron tan fuerte en el corazón de la gente, que sus escritos cruzaron las fronteras de Chile. Sería su libro de poemas Desolación, que vio la luz en 1922, con el cual Gabriela fue reconocida internacionalmente. Eran versos escritos a mano en un cuaderno puesto sobre las rodillas de la autora en noches de insomnio, poesía de desvelos nocturnos que habla de amores, anhelos y dolores de una mujer en soledad, versos que registran con vehemencia los avatares de una existencia extraviada, pero recuperada en su pasión literaria.
La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.
El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir intensos ocasos dolorosos.
¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos!
Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
vienen de tierras donde no están los que no son míos;
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos.
Y la interrogación que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
hablan extrañas lenguas y no la conmovida
lengua que en tierras de oro mi pobre madre canta.
Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
miro crecer la niebla como el agonizante,
y por no enloquecer no encuentro los instantes,
porque la noche larga ahora tan solo empieza.
Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
que viene para ver los paisajes mortales.
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales:
¡siempre será su albura bajando de los cielos!
Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.
Con esa carta de presentación Gabriela Mistral visita Ecuador en 1938, respondiendo a una invitación de diario El Universo y permanece poco más de un mes en Guayaquil, tiempo en el que reafirma su relación con intelectuales ecuatorianos. Según consigno en el libro El Canto de todos (2022): “La presencia de Gabriela Mistral en Guayaquil, permitió estrechar sus vínculos con Ecuador y de manera especial con intelectuales ecuatorianos que la acogen como la gran amiga. Entre ellos, Adelaida Velasco Galdós (1894-1967), escritora guayaquileña es quien toma la iniciativa de proponer a Gabriela Mistral como postulante al Premio Nobel de Literatura. Velasco desde su amistad con Mistral, signada por una profunda admiración hacia la escritora chilena, enarbola un feminismo que supone una visión poco difundida y menos rescatada como reflexión de las mujeres latinoamericanas divididas entre la cultura tradicional, la filantropía y la capacidad crítica. (…) En el año de 1936, Velasco es designada representante de Ecuador en la Comisión Interamericana de la «Liga Internacional de la Mujer por la paz y la libertad», con sede en Washington, ciudad donde se relaciona con mujeres destacadas del continente, y con su apoyo asume en 1938 la iniciativa para solicitar a la Academia de Ciencias de Suecia, el Premio Nobel de Literatura para Gabriela Mistral. Adelaida Velasco vio cristalizado su esfuerzo de elevar al máximo sitial de las letras mundiales el nombre de su amiga Gabriela Mistral. (…) La Academia Sueca, en víspera de la Segunda Guerra mundial, había suspendido la entrega del Premio en 1939, que reanuda en 1944. Durante ese tiempo los respaldos a la candidatura de Gabriela Mistral no habían cesado por gestión de Adelaida Velasco que desde el año de 1939 había convocado a destacadas mujeres del continente a impulsar la iniciativa de proponer a la Academia de Ciencias de Suecia, el nombre de Gabriela Mistral para el Premio Nobel de Literatura. Estrategia que tuvo resultados positivos cuando se suman escritores latinoamericanos a la propuesta. En el mes de octubre de ese año el Grupo América, de Quito, se adhiere como el primero en brindar su apoyo, estimulado por su corresponsal en Guayaquil, Adelaida Velasco, a la gestión se adhieren con su firma de respaldo los intelectuales Gonzalo Escudero y Jaime Barrera. Velasco, plena de entusiasmo, escribe un extenso artículo dedicado a Gabriela Mistral y conforma el círculo de escritores e intelectuales Amigos de Gabriela, en diversos países latinoamericanos”.
Gabriela Mistral recibe el Premio Nobel de Literatura hace 78 años en reconocimiento a su trayectoria literaria, galardón que simboliza el talento de la mujer latinoamericana y refleja la profunda amistad chileno ecuatoriana, fragua donde se forja un triunfo cultural y diplomático de ambos países.



