Por Luis Onofa
Cuando el 2 de junio de 1537, el Papa Pablo III expidió su bula Sublimis Deus, en la que defendió a los pueblos originarios del Abya Yala del maltrato y la esclavitud a la que los estaban siendo sometidos por los colonizadores españoles, habían transcurrido varios años desde que el liderazgo de aquellos fue descabezado por los conquistadores ibéricos: en 1525, habían ajusticiado al mexica Cuathemoc; en 1533, al inca Atahualpa, y parecido destino habían corrido los incas Calicuchimac, y Rumiñahui, último defensor de Quito. Unos murieron en la hoguera y otros en la horca, tras procesos violatorios de todo derecho humano, oleados y santificados por los clérigos que acompañaban a los invasores. Las tierras de esta parte del mundo estaban “pacificadas”, listas para ser cristianizadas y explotadas sus riquezas.
La encíclica había llegado tarde para los líderes indígenas, pero aparentemente temprano para sus pueblos. La bula papal había proclamado que los indios tenían derecho a su libertad y que la fe debía predicarse con métodos pacíficos, evitando todo tipo de crueldad, según refiere la historiadora mexicana Doralicia Carmona Dávila. En ese documento, el papa daba por supuesta la racionalidad del indígena -en cuanto que los indios son hombres-, (y) declaraba que éstos tenían derecho a su libertad, a disponer de sus posesiones, y que se debía evitar todo tipo de crueldad con ellos.
La bula aludía a quienes “deseando saciar su codicia, se atreven a afirmar que los indios occidentales y meridionales y otras gentes… con el pretexto de que (estos) ignoran la fe católica- deben ser dirigidos a nuestra obediencia como si fueran animales y los reducen a servidumbre urgiéndolos con tantas aflicciones como las que usan con las bestias…”. En consecuencia, “haciendo uso de la Autoridad apostólica, determinamos y declaramos… que dichos indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades, que no deben ser reducidos a servidumbre y que todo lo que se hubiese hecho de otro modo es nulo y sin valor…” Para entonces, ya habían llegado a oídos del pontífice las noticias sobre el maltrato que sufrían los indígenas a manos de los colonizadores españoles. Pablo III, aunque no exento de las veleidades de las disputas político-religiosas de su tiempo, vivió en tiempos del Renacimiento europeo, que rompió con los dogmas católicos de la Edad Media y significó una vuelta al humanismo renacentista, del cual él mismo era un ejemplo: tuvo cuatro hijos, y fue un perseguidor de los protestantes.
Paulo III fue ungido pontífice en 1534, justo el año en el que los españoles refundaron Quito, ciudad que con ese nombre la habían habitado los quitus mil años antes de la llegada de los españoles. La bula papal fue expedida cuando el magnicidio múltiple estaba consumado. Ni siquiera las Nuevas Leyes de Indias, posteriores a la encíclica Sublimis Deus, sirvieron para evitar el vasallaje indígena, que tampoco terminó con las victoriosas guerras de independencia, y perdura hasta ahora en forma de pobreza, exclusión, velado racismo, pero también como mestizaje cultural, crisis colectiva de identidad y, recientemente, como conflicto político.
Con lapsos de rebelión, los indígenas del Abya Yala vivieron en el ostracismo durante siglos y, en el caso de lo que hoy es Ecuador, salieron a la palestra pública recién en 1990, con sus levantamientos y marchas hacia Quito, sede del poder gubernamental, en demanda de agua, tierra y recursos financieros, con ocasión de los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a este continente, el 12 de octubre de 1492, año que marca el comienzo de su tragedia y resistencia.
El mismo año, el municipio de Quito instituyó el 1 de diciembre como Día de la Resistencia, en homenaje a Rumiñahui, último defensor de lo que hoy es la capital ecuatoriana, antes de entrar en el frenesí de la celebración de la fundación española de la ciudad, el 6 de diciembre de cada año. La celebración del Día de la Resistencia, sin embargo, fue efímera. Naufragó en medio de los huracanes políticos que sacudieron al país a fines del siglo XX y apenas cruzado el umbral del XXI.
Pero las luchas y la resistencia indígena no fueron vanas. Fructificaron en la Constitución de 2008, que consagró el carácter plurinacional del Estado ecuatoriano, e instituyó derechos específicos para los pueblos y nacionalidades indígenas. Sin embargo, el fantasma del racismo y la exclusión pende aún sobre los pueblos indígenas, primero como negación de los mestizos de su sangre indígena, luego como negación de su derecho a habitar y transitar por los territorios de sus mayores. En 2022, en Guayaquil, una alcaldesa les bloqueó su ingreso a esa ciudad durante una de las movilizaciones indígenas y otro exalcalde de esa ciudad portuaria sentenció que en lugar de protestar con marchas, los indígenas deberían volver al páramo. En Quito, otro alcalde, ahora ex alcalde, encabezó una corriente de habitantes de la ciudad, que amenazó con adoptar todas las medidas de fuerza que estuviesen a su alcance para impedir que los indígenas ingresen a la capital ecuatoriana en sus marchas de protesta.
Es legítimo y saludable celebrar un acontecimiento de mestizaje, más todavía cuando el país no termina de salir de los estragos del Covid 19, la falta de empleo y la inseguridad; pero también es un hecho notorio que los pueblos del Abaya Yala no sienten como suyo el festejo de la refundación española de Quito.



