Por Leonardo Parrini
No son de mi preferencia las celebraciones localistas, por su limitada visión territorial, por su provincianismo aunque en este caso se trate de la capital del país. Un país que conmemora con orgullo la fundación española de una ciudad en detrimento de los habitantes y sus culturas que la antecedieron. Las fiestas quiteñas evidencian, además, una contradicción histórica, puesto que Quito se denomina “luz de América” por el justo bautizo del chileno Camilo Enríquez que reconoció la iniciativa quiteña de ser el primer territorio de América que dio un grito de Independencia contra la corona española y sus representantes en Quito.
El Primer Grito de Independencia, o Revolución de Quito, fue una rebelión civil ocurrida el 10 de agosto de 1809 por un grupo de patriotas que se revelaron contra la autoridad del entonces presidente de la Real Audiencia de Quito, el conde Manuel Ruiz Urriés de Castilla y Pujadas. Otras ciudades del interior fueron convocadas a formar parte de la Primera Junta de Gobierno Autónoma de Quito con el apoyo de algunos soldados. A este evento se atribuye ser el comienzo de la Guerra de Independencia de Hispanoamérica, sin embargo, previamente ese mismo año ya habían ocurrido en Bolivia la Revolución de Chuquisaca y la Revolución de la Paz.
El 4 de diciembre de 1534, Benalcázar y sus tropas llegaron a la llanura de Turubamba y avanzaron hacia Quito, llegando el domingo 6 de diciembre. Gonzalo Díaz de Pineda, escribano de la época, pregonó ese día la inscripción de todos los españoles que quisieran ser registrados como vecinos de la villa. Aquel 6 de diciembre acudieron a empadronarse 204 personas, todas varones. En esta primera acta, Benalcázar dispuso que los alcaldes y regidores de la ciudad asuman sus cargos, y comiencen la gobernanza del Cabildo Quiteño. De esa forma se fundó el Quito que hoy conocemos como la capital de Ecuador, una de las principales de América Latina. Cabe mencionar que, según el historiador ecuatoriano Ricardo Descalzi del Castillo, la verdadera fundación de San Francisco de Quito fue el 28 de agosto de 1534, en las cercanías de la laguna del Colta en la provincia de Chimborazo, no por Sebastián de Benalcázar, sino por Diego de Almagro. Siendo el 6 de diciembre el día en que se trajo el acta de fundación a la actual ubicación de Quito, donde se inscribieron los civiles y los soldados para asentarse en la nueva villa.
Las fiestas de Quito
No obstante, reconocido el 6 de diciembre como la fecha de fundación española de Quito, celebrar la memoria hispana constituye un acto de reconocimiento a las élites quiteñas conservadoras e hispanistas que no ven a la conquista y colonización como procesos violentos, sino más bien como una estrategia civilizadora, celebrando la colonización y la conquista, como bien apunta el historiador Fernández Salvador.
Dicha celebración comenzó en 1959 por iniciativa de algunos periodista entre los que se contaba a Jaime del Castillo, alcalde de ese entonces, con auspicio de una empresa licorera. Organizaron entonces serenatas en La Ronda, calle del centro histórico y desde ese año, cada 6 de diciembre, realizaron el tradicional juego del Cuarenta y se organizan bailes, serenatas o veladas. Se elige a una reina de la ciudad, costumbre por demás colonial, y se hacen carreras de coches de madera en barrios altos de la ciudad.
En el mes de noviembre de ese año, concluida una partida de cuarenta, César Larrea que se desempeñaba como Jefe de Información del matutino Últimas Noticias; Luis Alberto Valencia y Gonzalo Benítez integrantes del famoso dúo musical quiteño y Luis Banderas, charlaban acerca de cómo homenajear a la ciudad. Eran los días en que una sesión solemne del Cabildo quiteño evocaba la fundación española de la ciudad y fue entonces que se les ocurrió hacer renacer la costumbre de dar serenatas con albazos quiteños. Se pusieron manos a la obra, o mejor, manos en guitarras y requintos, y salieron a la Plaza Grande a cantar, luego de convocar por la prensa a los habitantes de la ciudad a escuchar sus canciones frente al Palacio de Carondelet, la noche del cinco de diciembre. La primera vez, el presidente Carlos Julio Arosemena salió al balcón del palacio a escuchar los serenos. La muchedumbre inauguró esa noche la arenga de ¡Viva Quito!, como una forma de sentir viva a la ciudad en medio de los avatares citadinos. Aunque la cita de los artistas duró nada más dos años, había nacido una tradición citadina de celebrar la víspera nocturna del 6 de diciembre a la ciudad con vítores, cantos y bailes en los barrios de Quito al calor de un canelazo.
¡Viva Quito! Esa es la muletilla que cada 6 de diciembre gritan quiteños, entre propios y extraños, sobrios o borrachos, entre la duda histórica de ser el quiteño libre del primer grito de Independencia o el de la fundación española, varias veces frustrada por la rebeldía ancestral de un pueblo.
¡Viva Quito! ¿Cuál Quito, la ciudad libertaria o la urbe colonizada? Mentalmente neocolonizada en la cultura y costumbres feudales de corridas de toros, quiteños vistiendo a la usanza española, tomando vino agrio en bota o añorando con pujos aristocráticos la herencia del conquistador.
La ciudad, de este modo, celebra la fundación española un incierto 6 de diciembre, por sobre la memoria histórica de la gesta independentista del 10 de agosto. La ciudad importante del Tahuantinsuyo, fue la segunda capital del imperio Inca conquistada por los españoles y refundada sobre las cenizas de un territorio incendiado por Rumiñahui.
¡Viva Quito! La ciudad del supuesto tesoro de Atahualpa, asesinado por las huestes de Francisco Pizarro, inspirado en la codicia del advenedizo español. La ciudad establecida con aproximadamente 200 habitantes, y en cuyos límites se organizó el cabildo y se delimitaron las áreas comunales. La ciudad naciente sobre sus propias ruinas, ciudad luz de América que daría el primer grito de Independencia ante el coloniaje español.
Desde entonces la historia ha sido silenciada, cuando no distorsionada, por una corriente de pensamiento colonizado, conservador y oportunista que cree ver en la reivindicación de un neocolonialismo la ocasión de preservar sus privilegios de clase y una cultura neoliberal a ultranza.
La crónica moderna señala que desde hace algunos años los quiteños consideran que las fiestas de la fundación de la ciudad ya no son lo mismo. Con el tiempo la celebración fue cambiando de sentido y se instauraron las corridas de toros, los conciertos de artistas internacionales y el estallido mercantil de una ciudad que no celebra si no consume. Hasta el 2012 la conciencia hispanista de un sector de quiteños celebraba las fiestas de la ciudad con corridas de toros, que fueron suspendidas por una consulta popular que estableció que los quiteños no querían espectáculos públicos en los que murieran animales.
Se habían desdibujado en el tiempo tradiciones propias que, en la intención de Larrea, los Benítez Valencia y Banderas de cultivar la quiteñidad y generar un sentido de identidad, dieron paso a una evocación colonialista que no estaba relacionada a recordar la fundación española de la ciudad, sino a conmemorar a Quito. Se había trastocado el sentido de festejar en las calles como sitios de encuentro, fraternidad y convivencia. Había nacido, luego en 1964 oficialmente, la gestión del Municipio de crear un Comité de Fiestas para organizar todos los actos especiales. El programa incluyó música, juegos lúdicos, desfiles, bailables, comidas típicas y desbordante alegría los quiteños y quiteñas festejando la fundación española de la ciudad. Antes de estos sucesos, durante siglos la fecha no tuvo una mayor significación oficial ni popular, que no fuera algún desfile o un acto cívico durante la sesión solemne de la Municipalidad de Quito con personajes adustos y almidonados.
Desde la segunda mitad del siglo XX, que comenzó la tradición de las fiestas de Quito, se lo hizo con un himno popular, el Chulla quiteño, que evoca al personaje considerado símbolo de quiteñidad. Con el paso del tiempo se fueron sumando otros festejos, exposiciones, ferias populares, concursos de comidas típicas, manifestaciones cívicas en el Desfile la Confraternidad, bailes al ritmo de la música de bandas de pueblo, y las célebres huecas donde disfrutar manjares cocinados por maestros y maestras del arte culinario.
Esta manifestación popular citadina que, olvidando incluso los pasajes de una historia contradictoria de fundación hispana de la ciudad y, peor aún, sus antecedentes ancestrales aborígenes, ha pasado a ser patrimonio de propios y extraños, quiteños y quiteñas, quienes no solo damos vida a la celebración popular, sino también miles de compatriotas de otras partes del país e incluso los visitantes de otros países que vienen a compartir la fiesta quiteña al grito de Viva Quito.
¡Viva Quito! Amerita preguntarnos qué mismo queremos que viva de Quito.
¿Qué es lo que se supone que debemos celebrar en estas fechas? El pueblo quiteño debe ensayar una respuesta, más temprano que tarde, antes de que la memoria histórica sucumba frente al mito de una ciudad colonizada.



