Por Leonardo Parrini
Debemos confesarlo, la noticia nos alegró: esta semana murió Henry Kissinger, el criminal de guerra de los años setenta. El diplomático que había diseñado la apertura de Estados Unidos a China, que había negociado la salida de Vietnam y utilizó la astucia, la ambición y el dinero para enfrentar la Guerra Fría, el Secretario de Estado de los EEUU que estuvo detrás del golpe de Estado en Chile en 1973, murió a los cien años de edad.
Murió en la impunidad, sin haber sido juzgado por los crímenes de los cuales es responsable como autor intelectual de diversas tropelías que cometió su gobierno, el de los Estados Unidos al que él representó en el mundo. Celebrado y vilipendiado por haber dejado de lado los valores en el ámbito de los derechos humanos, Kissinger estaba convencido de que hacía bien a los intereses de su país.
“Los militares son tontos, son animales estúpidos para ser utilizados como personajes en la política exterior”. Bajó esa visión dirigió la política internacional norteamericana en los años sesenta y setenta en su afán de consolidar un nuevo orden mundial, en el que “mucha gente va a morir cuando se establezca, pero será un mundo mejor para los que sobrevivan”, según declaraba a la prensa.
Lejos de los panegíricos que inundaron los periódicos del mundo a la muerte de Kissinger, el periodista estadounidense, Steve Ackerman, de la revista Rolling Stones, en su artículo “Henry Kissinger, un criminal de guerra amado por la clase dirigente norteamericana finalmente murió”, propone una visión repulsiva y crítica de la trayectoria del ex secretario de Estado durante la presidencia de Richard Nixon.
En su artículo, Ackerman cita a Greg Grandin, historiador de la Universidad de Yale, quien en su biografía de Kissinger señala que las acciones suyas desde 1969 hasta 1976, período en el que dirigió la política de Gerald Ford como asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado, significaron el fin de entre tres y cuatro millones de personas. Entre las acciones se incluye “crímenes por comisión” como en Camboya y Chile, y por omisión al dar luz verde al derramamiento de sangre en Indonesia en Timor Oriental y el desangramiento en Bangladesh.
Ackerman dice que cada persona que murió en Vietnam entre el otoño de 1968 y la caída de Saigón, y todos los que murieron en Laos y Camboya, donde Nixon y Kissinger ampliaron secretamente la guerra, así como todos los que murieron después como el genocidio camboyano, fallecieron a causa de Kissinger.
El secretario de Estado saboteó la posibilidad de poner fin a la guerra en 1968 como una apuesta encubierta para asegurarse de alcanzar el poder durante la administración de Nixon. Semanas después de asumir el cargo y hasta abril de 1970, aviones de combate estadounidense lanzaron en secreto 110.000 toneladas de bombas sobre Camboya. Kissinger supervisaba personalmente las redadas y leía la información en bruto de lo que ocurría en la guerra. En una segunda fase de los bombardeos, hasta 1973, cinco meses después de que las tropas norteamericanas se habían retirado de Vietnam, para entonces las bombas estadounidenses habían matado a una 100.000 personas de una población de 7 millones de habitantes. Incluso, la fase final del bombardeo que ocurrió después de que los Acuerdos de Paz de Paris ordenaran la retirada de los Estados Unidos de Vietnam, fue la más intensa en un acto de cruel venganza por parte de una superpotencia frustrada. Hay que recordar que Camboya, como antes Laos, era un país neutral, por tanto el ataque fue una agresión absolutamente ilegal, según la Carta de las Naciones Unidas.
Ackerman concluye en que la Guerra Fría fue un equilibrio político entre dos grandes potencias y que maximizó la libertad de acción estadounidense para imponer la voluntad de Washington que perseguía la derrota final de Moscú.
Esto y más le debe el mundo a Henry Kissinger, el criminal de guerra que tardó cien años en morir.



