Por Leonardo Parrini
Un hombre de pocas palabras, es el nuevo posicionamiento que los asesores de imagen del presidente Daniel Noboa han recomendado al flamante primer mandatario de la nación. Frase que esgrimió en el discurso de estreno en el cambio de mando durante la sesión protocolaria en la Asamblea Nacional: “Siempre he sido una persona de pocas palabras, pero siempre he sido un joven de acción, como son la mayoría de las ecuatorianas y de los ecuatorianos, que lo único que piden es una oportunidad, la misma oportunidad que yo tuve y que ustedes me la dieron”.
En pocas palabras, Noboa definió y defendió su estrategia en el poder. ¿Qué nos quiere decir el Presidente con aquello de “pocas palabras”? Por lo general se asocia las pocas palabras a las pocas ideas. ¿O, acaso, es el rasgo de un político pragmático que, como “hombre de acción”, desprecia los fundamentos de la política? Ambas vías son, sin duda, de una perspectiva peligrosa para un mandatario que se propone recomponer un país caotizado que reclama rumbos ciertos. No es, razonablemente, una virtud ser “una persona de pocas palabras”, en consecuencia, de que el diálogo, la comunicación con sus mandantes y una orientación permanente, es lo que debe caracterizar a un líder de un Ecuador, hoy a la deriva.
En un corto discurso, de poco más de siete minutos, Noboa, marcó la cancha generacional y anunció el inicio de “un nuevo país”, atribuyendo a la juventud la virtud de lo novedoso. En su intervención, el presidente contó que la visión «renovada y joven que posee», lo motivó a buscar la Presidencia -aun sin experiencia- y que está consciente de que pocos pensaban que tenía posibilidades y que su resultado lleva reflexiones importantes para aquellos que ven la política como una realidad de extremos y revanchas y que no tendrán el respaldo popular. Idea conciliadora, pero rebuscada, fruto de la necesidad de hallar gobernabilidad en un país que, para Guillermo Lasso mandatario saliente, resultó ingobernable. Y es en ese ámbito de la gobernanza que Noboa debería mostrarse como una persona de muchas más ideas, palabras y acciones. Cuidado, todos los discursos reduccionistas que ponen énfasis en un aspecto de la realidad, son fundamentalistas: Hitler habló de la pureza racial, Noboa habla de la juventud.
No basta con proyectar una imagen de joven impetuoso, cuando detrás suyo tiene a una generación periclitada de asesores y consultores que sustenta su poder y que desde el discurso inicial de su mandato no le dan lugar a ser el mismo, sino su representante.
Con intencionada raigambre generacional, Noboa dijo que su juventud “no es sinónimo de ingenuidad sino de fuerza’, lo expresó en tono arrogante, con clara intención de proyectar la imagen de un político enérgico -a insinuación de sus asesores- como una forma, además, de justificar su juventud en el poder. Un poder sustentado en la asesoría y consulta de hombres y mujeres mayores que ven en el novel mandatario una suerte de hijo pródigo. Paternalismo político indisimulado entre quienes se encuentran Alberto Dahik y Lolo Echeverria, que hoy funge de oráculo político.
Las apariencias engañan. No hay cosa más patética que un político quiera fingir de apolítico para contentar a sus adeptos. Durante la lid electoral Noboa buscó representar a una juventud apolítica y su estrategia le dio resultado, hoy como presidente su “apolítica” juventud no le alcanza para solventar credibilidad como estadista.
Todo en la ceremonia de cambio de mando presidencial fue breve, pero suntuoso. Ecuador empobrecido rindió honores como Presidente al hijo del hombre más rico del país. Y aquello quedó en evidencia en los detalles de la semiótica oficial. Elegancia, boato, exquisitez en las formas y pobreza en los contenidos. Las imágenes simbólicas, que nunca faltan, quedan en la retina de un país que asistió por televisión a una mise en scene de rasgos surrealistas. Un Henry Kronfle levantando el brazo de Noboa en gesto triunfal. Un presidente Lasso saliente, con la mirada perdida en un punto indefinido, sin saludar ni sonreír con nadie, en gesto resignado. Una vicepresidenta, Verónica Abad, también posesionada en el cargo, pero relegada a un distante segundo plano.
El uso preconcebido de los delicados colores en los vestuarios. Una primera dama, Lavinia Valbonesi, vestida con tonos beige en su vestido maternal, cubierta de una capa color púrpura, representativo de la campaña de Daniel Noboa al poder. El mismo tono en los atuendos infantiles de los hijos del mandatario, Luisa y Alvarito, que perdió un zapato sobre la alfombra roja del protocolo. Color púrpura, sin duda, asociado con la realeza, la divinidad, con el lujo. Subliminal recordatorio para no olvidar de quién se trata, quien asumió el poder en el país. Y una corbata presidencial en tono gris metálico que recuerda el color pecuniario, con un nudo, para mi gusto, demasiado grande y un pañolín triangular, del mismo tono, asomando del bolsillo superior izquierdo del saco oscuro.
Todo dispuesto para iniciar una etapa hacia lo impredecible, en un país dividido por una línea imaginaria, y ahora, por la sutil frontera entre lo posible y lo imposible.



