Aún era un niño y estaba entonces atesorando las primeras imágenes vitales que trascenderían para la memoria futura. Una de aquellas imágenes que recuerdo la vi en un aparato de televisión, en confusa definición en blanco y negro, de los jugadores de la selección chilena que se enfrentaban en un encuentro de fútbol al combinado de Suiza, un 31 de mayo de 1962, en el partido inaugural del campeonato mundial de fútbol realizado ese año en Chile. Los chilenos en aquellos días consiguieron el más importante logro deportivo de su historia: Tercer lugar en el torneo Copa Mundial de la FIFA Chile 1962, luego de derrotar a Yugoslavia 1-0.
En el ámbito deportivo, participaron 16 selecciones en el que sería conocido como el “Mundial más violento de la historia” -con partidos como la “batalla de Santiago” entre Chile e Italia que ganó el combinado local 2-0. El torneo tuvo la mayor cifra de goleadores, seis con cuatro anotaciones. En esa oportunidad destacó el único “gol olímpico” que ha sido anotado en un torneo mundial de fútbol, obra del colombiano Marco Coll al mítico arquero de la Unión Soviética, el legendario Lev Yashin, conocido popularmente como la Araña negra por su vestimenta en el arco siempre de ese color, y considerado mejor portero de la historia del fútbol. También destacaron las habilidades del brasileño Garrincha, elegido el “mejor jugador” del evento, mientras su compatriota, Pelé, estaba lesionado. La final del mundial de fútbol 1962 fue jugada en el Estadio Nacional en Santiago, donde Brasil consiguió su segundo título mundial al ganar a Checoslovaquia por 3-1, la última vez que ha ocurrido consecutivamente. El certamen tuvo el estreno de un balón con forma esférica regular Crack N 5, fabricado por una empresa chilena. La música oficial del torneo fue la canción El rock del mundial, de la banda local Los Ramblers.
En aquellos años había otra imagen que perturbaba mis sueños: la naciente Revolución Cubana, iniciada el 1 de enero de 1959, y que ya contaba con furibundos enemigos continentales. Fútbol y política eran parte de mis pasiones juveniles que, a través del tiempo, fueron decantando en un sentimiento y convencimiento latinoamericanos de unidad y esperanza regional. Ambas pasiones, cada cual en su andarivel vital, marcaron mi juventud y hoy, cuando la Revolución Cubana dejó de ser una utopía para convertirse en una realidad amenaza por los mismos enemigos políticos de entonces, mientras que el fútbol continúa siendo entusiasmo de multitudes, con serena pasión vivo estas dos conductas humanas que se traslapan, a veces, en similar fervor con distintos propósitos.
Han transcurrido 60 años y, al cabo de ese tiempo, ayer he vuelto a sentir las emociones del deporte pasión cuando Leonel Messi, capitán del seleccionado argentino, levantó el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA Qatar 2022. Hoy, los simbolismos deportivos continúan siendo los mismos, nuestra región encuentra en el fútbol una catarsis para las otras pasiones de la política tan devaluada en nuestros días. Sin embargo, hoy como ayer, los latinoamericanos enfrentamos similares problemas sociales, sobrevivimos a la misma crisis de siempre: la injusticia social, la desigualdad económica y la exclusión política de enormes contingentes humanos, mientras que los cubanos continúan resistiendo el bloqueo norteamericano.
Esa catarsis social que es el fútbol que nos redime -en apariencia- de tanta iniquidad nos devuelve la ilusión de reencuentro humano, de convivencia armónica, de hermandad entre los pueblos. Al menos, ese sentimiento me asaltó el alma al ver a Messi alzar la Copa que consagra una nueva realización cultural, en este caso deportiva, de nuestra Sudamérica. Evoqué ese gol de Maradona “con la mano de Dios” convertido a Inglaterra en el mundial de fútbol de 1986, luego profesé una idea: Maradona era el mismo Dios, venerado en la religión del fútbol. Argentina había vengado, deportivamente, en la hazaña del “pelusa” la afrenta militar de la invasión británica a las islas Malvinas. El fútbol volvía a ser catarsis de la política.
Ayer, nuestro corazón teñido siempre de tricolor, se recubrió de un sueño albiceleste que se hizo realidad al compartir la alegría multitudinaria de un pueblo argentino hermanado en la esperanza de días mejores en nuestra compartida búsqueda de justicia latinoamericana entre argentinos, ecuatorianos, cubanos y chilenos. No cabe duda, en el pasionario colectivo regional, el fútbol suele ser la purificación de la política.



