Una serie de televisión con formato de reality novelado transmitida por una cadena local, que pretende enseñarnos “el poder del amor” entre chicas y chicos jóvenes de clase media latinoamericana, está estableciendo ciertos paradigmas de conducta humana. Veinte participantes confinados en el estudio de una televisora de la ciudad de Estambul, Turquía, durante poco más de un par de meses han posicionado valores inherentes a la juventud latina que, contrastados con las tendencias que muestran adultos que hacen política en nuestro país, difieren de principio a fin.
Cuando bien se pudiera suponer que entre el amor y la política existen, o deben existir, puentes por donde transiten similares valores, en la realidad no siempre es así. Los fundamentos que inspiran y respaldan la convivencia entre los jóvenes latinoamericanos para emprender la aventura del amor, son radicalmente opuestos a los componentes ideológicos que motivan el comportamiento de políticos profesionales en Ecuador.
Ellos, los jóvenes, han declarado explícitamente que el amor es, inicialmente, un proceso de atracción y conocimiento del otro. Proceso espontáneo en donde debe primar la naturalidad de situaciones que permitan que todo sentimiento fluya, en uno u otro sentido. Dinámica que debe estar caracterizada por la autenticidad de emociones, con respeto por los sentires ajenos, lealtad consigo mismo y sinceridad entre los concurrentes a la relación amorosa. Circunstancia que obliga a reconocer la necesidad de inteligencias -racional y emocional-, que permitan compromisos afectivos que deben ser cumplidos junto con responsabilidades racionalmente adquiridas.
Los jóvenes latinos reunidos en Estambul en busca del poder del amor, han demostrado valorar afectos que deben ser expresados sin dobleces, con veracidad, aun cuando les esté permitido plantearse ciertas estrategias para alcanzar el amor, o construirlo, entre dos o más personas. Los políticos adultos en Ecuador se han perdido una valorable lección moral de esta juventud.
Es tal la diferencia ideológica que existe en su comportamiento respecto de aquello que han mostrado los participantes del reality novelado, que bien cabe cuestionar la carencia de similares principios que muestra el poder del desamor entre los adultos, o el desamor del poder que exhibe la política. Circunstancia caracterizada por el desconocimiento o negación de la realidad del otro, forzamiento de situaciones e inautenticidad de sentires que, con recurrente frecuencia, muestran nuestros aspirantes a la representación popular o, definitivamente, al poder. Nuestro mundillo político es una variopinta gama de desvalores, costumbres y creencias reñidas con la ética y las normas cívicas elementales. Todo arranca de una carencia de ideologías definidas, inspirada en la falta de solvencia teórica y axiológica; sustentado esto sobre un trasfondo de sentires distorsionados por el individualismo, oportunismo y deficiente calidad humana.
La política ecuatoriana exhibe casos de adopción de posturas reñidas con los intereses de las mayorías, basadas en la injusticia social, discriminación del otro y desprecio por la condición ajena. Casos de traición con defección de principios y deslealtad con los semejantes, que mostró en su momento el morenato. Oportunismo inspirado en el instinto de trepar posiciones materiales y políticas que muestran, frecuentemente, parlamentarios. Corrupción asumida como la forma de hacer política, transgrediendo todos los fundamentos éticos y legales que caracteriza a la mayoría de los políticos profesionales, de derecha a izquierda. Uso de la política oficial vigente como una dinámica en beneficio personal o sectario, que caracteriza a las politicas impopulares que se pretende imponder desde el poder. Entre otras dudosas conductas del quehacer político local.
Y no es solamente un tema de clase. Es asunto de valores universales, de referentes que existen o no en el repertorio del proceder social, provenga de la alta, pequeña burguesía o del proletariado. Si bien es cierto que los valores conductuales pueden estar determinados por el origen de clase, no es menos cierto que hay comportamientos válidos entre hombres y mujeres, lícitos como género humano. Léase lealtad consigo mismo y con los demás, consecuencia ideológica de principios intransables, arrojo y lucidez para enfrentar situaciones de crisis, generosidad para entregarse a causas adoptadas por convicción, claridad de propósitos y eficacia para conseguirlos, y un largo etcétera, que podría ser parte de una escala de valores ausentes y necesarios en la política ecuatoriana.
Si bien la política lleva al poder, el poder del amor lleva a ser mejores seres humanos. Entre ambas dinámicas existe una corriente energética que debería fluir en un mismo sentido.
Solo así, acaso, podría empezar a cambiar el mundo, antes que decidir cambiar de mundo.



