La comunicación oficial en tiempos de pandemia es tan contagiosa como el virus. En estos meses de cuarentena, también entró en reclusión el flujo informativo libre y transparente y permanece restringido en los montajes mediáticos del canal estatal ECTV.
La entrevista realizada a María Paula Romo, ministra incuestionable, en un panel integrado por dos periodistas, Juan Carlos Calderón y Gonzalo Ruíz, con la conducción de Vanessa Hervás, debe ser uno de los más notables aportes para una antología de periodismo obsecuente. El programa especial denominado Ecuador frente al Covid-19, emitido el 17 de abril, se inicia con el despliegue a full pantalla de la claqueta oficial El Gobierno de todos, para que ilustre, sin lugar a dudas, los propósitos que anuncia la presentación: “mostrar qué hechos se dieron y qué acciones se tomaron desde el gobierno en la emergencia”. Desde esa definición de objetivos se entiende que se trata de un espacio propagandístico oficial revestido de panel informativo.
En los 70 minutos que dura el programa se hace referencia a la realidad del país tal y cual la establece un guión previamente redactado con alusiones a hechos y reflexiones irreales. En un juego de preguntas y respuestas los entrevistadores fueron acomodando el cuestionario a un formato temático previo, establecido por los productores del programa. El primer tema sugerido a la ministra de Gobierno es una reseña de cómo se ha planteado el mes de cuarentena. Y la pregunta, así de amplia, da lugar a que la ministra se explaye y limite el tema a su acomodo sobre la situación del país. Realidad que parece no vivir como el resto de los ecuatorianos. Ella incuestionable, superdotada de facundia con justificación para todo, no muestra el menor asomo de autocrítica durante el conversatorio; no tiene por qué hacerlo ahora, nunca ha tenido que rendir cuenta de sus actos ni excusarse por el más mínimo desacierto. Nació y morirá con el don de la ubicuidad política, está en todas. Que si ha cometido un desatino es porque fuerzas ajenas inventaron los hechos. Esa infalibilidad insoportable de la ministra, la hace ver carente de toda humildad, ebria de arrogancia.
El panel a tres bandas en realidad resume de forma contundente una lógica discursiva que un embuste oficial preestablecido concibe en un programa de televisión. La ministra asiste a un interrogatorio amañado y responde preguntas a tres condicionados interrogadores que no cuestionan una coma de sus palabras. Pusilánimes ante el poder, Calderón y Ruiz juegan el triste papel de un entremés dispuesto por un modelo comunicacional que hace alarde de lo ficticio, funcional a la hora de pregonar las bondades de un modelo político venido a menos, desprestigiado y sin credibilidad.
El panel transcurre sin que sus participantes sintonicen con una alusión a un país real. Calderón, como mal investigador no indaga detrás de las palabras de la Romo; en tanto Ruiz, como buen taurino, pone el toro frente al picador para que la ministra se adorne ante las cámaras. La funcionaria de marras, dueña del micrófono recién regalado, dice lo que se le viene en gana, nadie le sale al paso, y el país comienza a sentir una especie de sopor hipnótico bajo el discurso que entontece.
Sucede en el panel oficial lo que tiene que suceder. El lavado de imagen ministerial salpica salivas de obsecuencia por todos lados. Ocurre lo que ocurre cada vez que la Romo habla al país de un Ecuador, cuyos problemas, masacres y muertos forman parte de una ficción opositora inventada en Lovaina, que no es con ella. Y nadie le sale al encuentro, al menos para hacer de ese monólogo tedioso, un diálogo. El relato unidireccional no toca temas tan elementales como porqué las cifras de cadáveres no coinciden entre lo que afirma ella, Wated -que “salen a territorio”- y su jefe que permanece confinado por orden de sus médicos. O porqué Martínez, el brilloso economista, paga una deuda externa con el tercio de los recursos del Estado sin recibir nada a cambio, mientras el país se cae a pedazos de necesidades insatisfechas.
En el mundo ficticio en el que se desenvuelven los incuestionables al interior del Palacio de Carondelet hay un país fabuloso, mientras que de las puertas para afuera existe otro Ecuador, el nuestro que vivimos sin tregua. En ese portón divisorio que escoltan los Granaderos de Tarqui hay una línea divisoria que separa dos bandos: los dueños de la verdad encarpetada en sus guiones y el resto de mortales que tenemos que tragarnos su menú de ficciones televisivas. En ese mundo fantasioso en el que no hay para qué tomar en cuenta la realidad que es un accesorio, todo transcurre parsimonioso porque nadie interrumpe esa lógica comunicacional sin bemoles y sin dignidad.
A nadie se les ocurrió durante 70 minutos preguntar por qué no se explicó al país las verdaderas causas de la renuncia de le ex ministra de Salud, y se aceptó sin que nadie se arrugase el argumento del ministro entrante, o por qué no se explicaron las cifras de muertos en Guayaquil difundidas por el Registro Civil que difieren en varios miles con las cifras oficiales.
Será acaso por la sencilla razón de que los incuestionables tienen su propio canal, sus propios periodistas, sus propios moderadores, que actúan por acción o por omisión. Están en su terreno, lo que no les pertenece es la verdad que vive el país detrás de las cámaras, ante las cuales ellos echan a rodar un relato inverosímil, un cuestionario que no cuestiona que concede, sin reparos, un espacio donde eludir la verdad. Pero la entrevista tiene un costo: echó por tierra la presunción de que los entrevistadores participaron de un espacio periodístico. Nadie tuvo el incómodo remordimiento de haber sido invitado a una parafernalia que forma parte de la comunicación oficial de relaciones pactadas. La próxima será cuestión de echar mano a la carpeta de guiones preconcebidos en las oficinas de prensa oficialista. Y todos saldrán conformes de haber salido en la tele. Ellos, los periodistas habiéndose dado un baño de fatua popularidad, ella, la ministra, embelesada porque uno de los entrevistadores le recordó que está en todo y en todas y Romo, haciendo gala del don de la ubicuidad, sonrió, dulcemente, sonrió.



