Eugenio Espejo, como visionario de su época, habló de las pestes y advirtió que se difunden por medio de la ignorancia de la gente. En un informe sobre salubridad pública dirigido al Cabildo de Quito en 1785, Espejo atribuyó “el problema de la epidemias a las causas sociales y culturales, afirmó que los responsables de las epidemias contagiosas eran la ignorancia en cuestiones de higiene, las deficientes condiciones sanitarias de la ciudad y hasta la mala formación médica y los propios sacerdotes betlemitas, que sin criterio, dirigían el hospital de Quito”.
Han transcurrido cuatro centurias y el diagnóstico social de Espejo se sigue reflejando en nuestra sociedad del siglo XXI. Como muestra vale señalar el caso de la ciudad de Guayaquil, puerto principal que ha demostrado un grado de descontrol frente a la emergencia de la pandemia declarada que vivimos, provocado por ignorancia, indisciplina o indiferencia frente a una crisis que es fruto de un nuevo virus que nos asola sin precedentes en el país y en particular a la ciudad porteña. Ahí están las cifras que confirman cómo el coronavirus ha campeado por barrios, calles y hogares guayaquileños provocando la que será la peor mortandad de la historia de la ciudad convirtiendo a Guayaquil en un mayor foco de contaminación en Latinoamérica.
Hugo Idrovo artista, escritor investigador guayaquileño hace una aproximación a la idiosincrasia de sus coterráneos: “Guayaquil es un caos, toda la vida lo ha sido, una ciudad tremendamente conflictiva en la que toda regulación es tomada con apatía e indiferencia sorda, cháchara y desafío, de modo que no sorprende que la segunda comunidad infectada por el coronavirus en Latinoamérica sea la del Guayas y, por tanto, la contaminación tenía que venir tarde o temprano, por esas condiciones culturales que a nosotros nos avergüenza y yo como guayaquileño me avergüenzo porque no comparto dichas actitudes”
No obstante Idrovo hace votos por su ciudad: “Me siento orgulloso de ser guayaquileño, mis raíces están allá no las olvidaré jamás, pero hay ciertas actitudes como es el desafío a la autoridad permanente con una rebeldía que no es compatible para nada con lo que son la solidaridad, respeto y cortesía que son cosas que engrandecen y dan sentido a la vida”.
La condición cultural de Guayaquil descrita por Idrovo, denota el fracaso de una administración municipal que rige los destinos de la ciudad durante veinte o más años. En Guayaquil ya no puede ser viable una “autoridad municipal” que ante la carencia de liderazgo trata de imponerse con acciones de fuerza, bravuconadas mediáticas para impresionar a los incautos. No es alentador para la ciudad una funcionaria municipal que confunde liderazgo con caudillismo o autoritarismo propio de los regímenes anti populares que antepone la fuerza en lugar de la razón. Una alcaldesa que arrogando funciones irrumpe en la gestión de otras instituciones como la Dirección de Aviación Civil, única autoridad llamada a administrar la frecuencia, itinerarios y seguridad del transporte aéreo en el país.
Los gobiernos seccionales que, como su nombre lo indica, no son solo la “autoridad” sino la organización social local que, en tanto gobernante, debe preocuparse de la educación, salud, transporte, comunicaciones, comercio y esparcimiento para su gente. En esos ámbitos de su gestión el país espera una transparente rendición de cuentas por parte de los ediles porteños.
El municipio y sus autoridades, en toda ciudad, no son meramente una entidad de control, para cobrar impuestos o ejercer acción coercitiva de dictar “ordenanzas”. Un gobierno debe ser un colectivo del pueblo y para el pueblo y -a pesar de esta forma tan manida de decirlo-, significa que se trata de una orgánica que regula, organiza y administra los recursos públicos en función del bienestar ciudadano a través de políticas y servicios públicos accequibles, gestión eficiente y transparente rendición de cuentas.
No deja de sorprender, pero tampoco es extraño que Guayaquil autonomista, autoconsiderada poco menos que república independiente, ahora muestre la evidencia dramática de su marginalidad nacional. Una urbe, denominada capital financiera, cuna de negocios prósperos, que exhibe la opulencia barrial en sectores “aniñados” en contraste con guasmos de la miseria, la falta de higiene y salubridad sigan siendo el común denominador ambiental durante más de veinte años de administración municipal autoproclamada “exitosa”. Una sociedad de notables empresarios, conspicuos políticos, destacados ciudadanos que tristemente no han aprendido la lección de la política como servicio público de inspiración social, y no solo el negocio de influyentes relaciones familiares y sociales, de plataformas económicas montadas camino al poder político. Allí está Guayaquil grande por sus próceres y su pasado histórico que aun no armoniza ese valor con una cultura ciudadana más disciplinada y solidaria, más unitaria y menos distraída de lo que verdaderamente importa en términos sociales.
La crisis pandémica que vivimos debe hacernos repensar nuestros sistemas y mecanismos de gobernanza y gobernabilidad para verificar una democracia real participativa, inclusiva en el país, y no solamente la expresión burocrática de “gobernar” lejos del pueblo, a espaldas suyo, pero usufructuando de sus aportes en impuestos o con acciones en beneficio empresarial o personal, porque eso es corrupción. Debemos repensar la gobernanza, es decir, la eficacia, calidad y buena orientación de la intervención del Estado, que proporciona buena parte de su legitimidad en lo que se define como una «nueva forma de gobernar». Mejorar la gobernabilidad, es decir, el estilo de gobierno caracterizado por un mayor grado de cooperación e interacción entre el Estado y actores no estatales en el interior de redes de decisiones mixtas públicas y privadas.
Eugenio Espejo en su preclara visión -como médico, comunicador y pensador de su tiempo- se anticipó varios siglos a lo que estamos viviendo, advirtiéndonos que el peor virus del ser humano suele ser el mismo ser humano con su ignorancia, un factor fatal como la madre de todas las pandemias.




