Nada más demostrativo de la descomposición social capaz de destruir a un país, que la política convertida en guerra deshumanizada. Equivale a una epidemia de contagio ideológico muy virulenta y expansiva como biorganismo fuera de control.
Todos sabemos cómo se inicia una guerra, pero no como termina, y Ecuador está en guerra, no contra un virus, sino contra la innobleza de la política convertida en actos insensatos, por decir lo menos. El manejo que el Estado, en sus diversas formas, está haciendo de la crisis lo demuestra bajo los síntomas de una manipulación mediática en la cual la semiverdad o la semimentira -como se quiera ver-, el silencio maligno en lugar de la información transparente, imperan como política estratégica pública. En otras palabras, la comunicación convertida en política, es decir la comunicación política convertida en estrategia al servicio de protervos intereses.
En la guerra política lo primero que muere es la verdad. Y muere por falta de antídoto, de vacuna que corte su efecto devastador que hace emerger síntomas propios de las más bajas pasiones humanas. Bajo estado de guerra el ser humano es capaz de todo, de actuar sin escrúpulos, de hacer cosas contra sus semejantes, de perder todo sentido de solidaridad.
La crisis del corona virus puso en evidencia que en Ecuador el Estado entró en estado de guerra. Esa guerra tiene algunas estrategias en el manejo de la comunicación política como el silencio, la manipulación, es decir, el discurso desinformativo.
El silencio comenzó por ocultar qué tan preparados estamos como país para enfrentar la emergencia, cuando cada vez que se habla de este problema se termina señalando a los deficientes sistemas de salud pública ecuatorianos. Ahora con la «llamada telemedicina, de la que se mofan en las redes sociales, ¿qué se puede esperar? Se llama al 171, se dan los síntomas, y una señora que responde como si fuera un computador, dice lo mismo cuando se repregunta y finalmente dice que se debe tomar un turno para que una casa de salud pública revise el caso».
El mayor pánico que puede invadir a un ciudadano es el miedo de contraer el virus y caer en manos del Ministerio de Salud Pública, MSP, en un hospital bajo la sospecha de que la eficacia de los sistemas de salud pública del país son deficientes, porque no constituyen prioridad para el gobierno. Según cifras del mismo Ministerio de Salud “para el 2020 se programó para salud la utilización de más de cinco mil millones de dólares, sin embargo el presupuesto solo llegó a dos mil setecientos cincuenta y tres millones de dólares. ¿En qué momento la salud de este país dejó de ser una prioridad para el gobierno de Lenin Moreno o es parte de un plan sin plan social del régimen?
Luego vino el silencio infame. Si algo hizo el gobierno con el coronavirus fue guardar silencio. Luego del anuncio de la primera paciente, éste fue seguido por un largo silencio tan solo medio interrumpido cuando se afirmaba de forma confusa e incompleta de que hay otros portadores del virus y que pertenecen al círculo social de la primera víctima. Silencio que demostró a nivel estatal la no existencia de un plan de crisis. Un plan preventivo de crisis se caracteriza por no ser silente. Está claro que el silencio no es un plan ni social ni éticamente aceptable. En el país hasta el momento una propuesta educativo-preventiva organizada por el gobierno y aplicada por el Estado, brilla por su ausencia. Un plan solvente en manos de técnicos y no de políticos y desplegado comunicacionalmente en todos los medios audiovisuales e impresos.
Luego el silencio dio paso a la manipulación mediática, o a la torpeza comunicacional evidente, con declaraciones irrisorias en boca de voceros inexpertos o improvisados. O, incluso, voceros suplantados como la ministra de Gobierno que sale a decir anuncios a nombre del Ministerio de Salud. Cuando una ministra de Gobierno da los lineamientos acerca de la salud en vez de la ministra de Salud, no es una emergencia sanitaria es una emergencia política.
Y la suplantación de la vocería tenía como fin un manejo de la comunicación sospechoso, porque en lugar de informar, se arreglan los hechos con fines políticos. Es decir cuando un político hace política de la tragedia social, estamos en presencia de siniestra manipulación. La política es la habilidad de hacer que las cosas sucedan, pero hay cosas que no deben convertirse en políticas. Hay circunstancias con las cuales no se debe hacer política por elemental sentido de decencia y ética.
No sabemos qué es más peligroso, el coronavirus o un presidente sentado en el poder de hacer tragar ruedas de molino a todo un país. En cadenas nacionales intempestivas se nos anuncia un paquetazo de medidas vinculadas a la emergencia, dictadas no por la OMS sino por el FMI. Es decir, no por los organismos técnicos de la salud, en su lugar por organismos multilaterales, chulqueros que quieren reventarnos con deudas externas porque prestar plata es su principal negocio. Agentes neoliberales internacionales que nos quieren ver jodidos para aparecer como «prestamistas salvadores», que es en lo que se ha convertido el FMI.
El paquetazo fondomonetarista se resume así: reducción del gasto público con recorte presupuestario adicional de $ 1.380 millones. Eliminación y fusión de instituciones públicas. Impuesto a propietarios de vehículos, cuyo valor exceda los 20 mil dólares con un 5% del avalúo. Supresión de un sueldo mensual, temporalmente por un año, a los empleados públicos que ganen más de 800 dólares, mediante “aporte”. El Presidente justificó las medidas diciendo que el coronavirus derrumbó el precio del petróleo y que esto provocó una crisis económica en todo el mundo, y que a su vez ésta desencadenó la crisis financiera del estado ecuatoriano, por tanto la clase media y baja del país deben apretarse el cinturón hasta dejar de respirar.
En seguida vino lo peor. En una carrera por figurar cada cual más eficiente u oportuno, municipio y gobierno se atragantan por salir primero el uno que el otro a anunciar medidas copiadas a otros países: suspender clases, prohibir espectáculos públicos -con un número mayor a 1.000 personas reunidas, como si el coronavirus fuera selectivo sobre esa cifra y no diera lo mismo contactar a un infectado que a mil. Parece que la verdad de la milanesa es que se trata de impedir toda reunión o concentración masiva de gente que protesta contra las medidas económicas. Se decreta la prohibición de reuniones públicas masivas, justo cuando a las 6 de la tarde del día que anuncian las medidas, estaba programada una marcha de protesta por el anuncio de medidas oficiales que afectan a empleados públicos, dueños de vehículos avaluados sobre los 20 mil dólares. La ministra de Gobierno que habló en rueda de prensa luego del Alcalde del DMQ, no hizo más que replicar a nivel nacional las medidas municipales quiteñas. ¿Retraso comunicacional, ineficiencia u otra estrategia combinada entre municipio y gobierno para manipular la información?
La crisis del coronavirus ha obligado al Gobierno a tomar medidas extraordinarias, a las que la población y las empresas deben adaptarse, y también está poniendo a prueba la coordinación de las autoridades sanitarias. Entre otras medidas, el presidente Moreno prohibió que “las mascarillas, geles y desinfectantes salgan del país” (!!).
La reacción de la población fue nefasta bajo el pánico provocado por los anuncios. Lucrecia Maldonado, resumió perfectamente la respuesta ciudadana en sus redes sociales: “Ante la remota posibilidad de que suba la gasolina, corren a tanquear como si no fueran a hacerlo nunca más en la vida. Se declara emergencia sanitaria y corren a vaciar los supermercados sin pensar en que todos tenemos que comer y que provocar la hambruna ajena no es ninguna solución. Gente primaria, elemental, acaparadora, obtusa y egocéntrica, que ignora que el razonamiento crítico, la organización y la solidaridad son fundamentales para enfrentar la crisis, que no es capaz de leer entre líneas (ni siquiera pueden interpretar el sarcasmo de una carta donde Hugo El Búho se burla de cierta periodista famosa por su anticorreísmo recalcitrante). Incapaces también de ceder el paso a alguien que lo pide con la luz direccional, de compartir una parte de lo suyo, de olvidarse de la viveza criolla incluso en los momentos más críticos, de dejar cruzar a los peatones por la línea cebra y de dar su asiento a una persona anciana o una mujer embarazada en un transporte público. Pura reacción, nada de razón. Tragándose los rumores como quien comulga con ruedas de molino. Triste, pero veo que eso somos. Nada más. Cada uno corre por lo suyo, pero en el fondo no somos capaces de defender lo que hemos logrado, o lo que otros han logrado para nosotros”.
Es decir, el mal manejo de la comunicación suele crear pánicodemia frente a la pandemia. Es la política en tiempos del coronavirus.
La política en tiempos del coronavirus confirma la forma primitiva, tercermundista, con que actuamos.



