La vida en la Amazonía ecuatoriana implica riesgos. Quienes hemos tenido la oportunidad de compartir con las comunidades ancestrales en el corazón de la selva y caminar por su suelo sempiterno húmedo, o cruzar sus ríos caudalosos para llegar a sus caseríos enquistados entre el verde interminable del follaje selvático, lo sabemos. Así como el espíritu de la Pachamama acompaña, también otros espíritus asechan en el meandro de un río, tras un árbol añil o entre la espesura de la vegetación amazónica.
Rubén Gualinga era un hombre que conocía de memoria los secretos de su tierra natal. Había nacido en el seno de una de las comunidades míticas del oriente ecuatoriano, la tierra del medio día, Chaupi puntza pacha: Sarayaku. Y había crecido entre el esplendor de sus bosques selváticos, a orilla de ríos caudalosos, alimentándose de la sabiduría de sus ancianos, compartiendo el nectar diario de la yuca, la wanta y la chicha. Había crecido como crecen los seres ancestrales, protegidos por Arútam, espíritu supremo que habita en las cascadas, dios milenario de los amazónicos. Había recibido en el regazo de la warmi maternal la esencia de sus ancestros y compartido el amor con las amazónicas mujeres que lo amaron.
Rubén era un hombre alegre, íntegro, fuerte en lo físico y espiritual. Lo conocí mientras realizábamos actividades de comunicación comunitaria en la provincia de Pastaza. Rubén era un hombre lúcido, fiel a sus principios y leal con su gente, a quien educaba para el buen vivir aprovechando los recursos de sus tierras generosas.
Hace algunos años, Rubén como Presidente (e) del pueblo originario Kichwa de Sarayaku, defendió su tierra y se enfrentó al advenedizo de la transnacional CGC, que quería llevarse la riqueza hidrocarburífera del subsuelo. Rubén lo denunció con estas palabras: Aquí en el Ecuador, las transnacionales han violado instrumentos internacionales de derechos humanos y lo que es más importante, han violado nuestra soberanía, el territorio de Ecuador. Y pretenden imponer su política de extermino sobre pueblos milenarios. Mientras tanto, resulta triste que en la actualidad el pueblo de Sarayaku tiene una gran parte de su territorio declarado en cuarentena porque allí está un cargamento de 1.435 Kgs. (casi tonelada y media) de explosivos, considerados por los expertos de gran peligrosidad, colocado allí por la empresa CGC. Claro que para la empresa, haber causado ese daño a nuestro territorio es parte de su negocio. Para nosotros, los pueblos indígenas, en cambio, es atentar contra la vida de quienes habitamos allí.
Un día Rubén me embarcó en una lancha de sus parientes y me llevó a Sarayaku, la tierra indómita de selva viva. Allí pude palpar su forma de vivir, de sentir, de soñar para predecir las contingencias del día siguiente, contadas en los sueños al sabor de la guayusa matinal. Allí, sentado al lado del fogón al amanecer junto a Mirian C., Rubén G. y Marlon S., supe que la jornada sería buena, porque lo habíamos soñado. Allí, también en esa tierra insumisa pude comprender lo que es morir en la selva.
Y en la selva la muerte es repentina en el torrente de un río, por la mordedura de una serpiente, por un accidente de avioneta. Todo allí es violento, vital, desafiante.
Y Rubén lo sabía la mañana que se embarcó con sus padres, don David Gualinga de 75 años y doña Amanda Santi de 60. Con ellos trataba de cruzar el río Puyo, en Pastaza, a la altura del sector Unión Base para ir a trabajar en la agricultura, cuando su pequeña embarcación sucumbió a la crecida del caudal. Las aguas se llevaron los cuerpos. Solo Amanda fue rescatada con vida. Horas después aparecía el cuerpo inerte de don David, mientras la búsqueda de un escuadrón de bomberos y efectivos militares intentaba dar con el cuerpo de Rubén. Se decía que solo después de tres días el río deja flotar los cuerpos que se lleva. La búsqueda se concentró en donde el río Puyo desemboca en el Pastaza y una de las difíciles labores fue peinar las orillas de los dos flancos, así como en las islas y dos remolinos aguas abajo, en una distancia de más de 40 km del accidente.
Y producto de esa triste faena emergió el cuerpo de Rubén, ya sin vida. Se había ido un hijo de la Pachamama en los cauces de un río amazónico. Hermosa muerte para un hombre como Rubén. Devuelto a la tierra ancestral, recibido por las energías de la selva viva para luego trascender en el recuerdo de quienes lo conocimos y lo admiramos, para siempre emprender un viaje sin retorno por las aguas de la eternidad.
Paz en tu morada, amigo querido.




