Asistimos al fin del mundo. No es poca cosa. ¿Cuál mundo? La pregunta es válida porque siempre que se habla del fin del mundo se refiere al fin del planeta, una escena catastrófica que supone la extinción de la especie humana, al estilo de las guerras apocalípticas inventadas, sin la más elemental imaginación por el cine hollywoodense. No. Vamos hablar de la muerte, en esta fecha alusiva a ella. De la muerte de un sistema de pensamiento, asesinado vil e históricamente por otro sistema también perecible.
Estamos asistiendo al acabo de mundo tal como lo conocemos. Nos referimos al sentido de la palabra mundo, orden. Ese mundo ya se acabó, el orden feneció, el orden es la cultura occidental cristiana con sus valores. Esa cultura desapareció en un proceso de globalización y de reduccionismo que transformó la vida de las naciones en economía y tecnología. Estamos, sin embargo, en la cresta de la ola del desarrollo tecnológico y buscamos esa misma cresta del desarrollo económico.
Pero las señales de la muerte de la cultura dominante en esta mitad occidental del planeta, se explica porque las culturas nacen de un acontecimiento espiritual que desencadena la creatividad de los pueblos para formar naciones. Ese espíritu originario era el espíritu cristiano que daría origen al imperio europeo y a la cultura cristiano occidental. Esa cultura decae cuando el espíritu que le dio origen se debilitó, sucumbió bajo la sociedad industrial que impuso el reduccionismo en los elementos que el hombre inventó para hacerse la vida más fácil y que terminaron por ahogarnos en la vorágine consumista capitalista.
La vida de las naciones no es más que economía y tecnología dominadas por un complejo financiero tecnológico político militar. Sucumbieron bajo esa lógica la espiritualidad, la búsqueda de respuestas a preguntas esenciales y trascendentes. Esa realidad posmorten de los principios cristianos habría que preguntarnos cuáles fueron y en qué quedaron. El principio y propósito fueron generar un tipo humano que lo crearon y que hoy día ya no existe, depositario de la bondad y la solidaridad humana. Hoy existe un tipo humano acosado por sus propias necesidades inmediatas sin sentido de trascendencia, creyendo que la vida no es más que eso, poder y dominio por sobre los otros hombres, éxito profesional, acumulación económica, aislamiento físico y espiritual.
Ese hombre enajenado de sí mismo y de los demás seres de su especie también fue desvinculado de un orden natural al cual hoy destruye sin tregua. El hombre perdió el sentido comunitario dado por un estrecho contacto con la naturaleza que le daba a su espíritu un ritmo enriquecedor de su propio ritmo vital. Al perderse ese ritmo vital nos impusimos un tiempo útil, un tiempo que es medido en dinero, time is money dice el magnate capitalista en su idioma usurero. La experiencia originaria con la naturaleza es de otro tipo cognitivo y existencial, no es esa relación utilitaria con recursos naturales que hay que extraerle a la tierra para sobrevivir.
Murió el orden original y espiritual cristiano. Lo que le sucedió es un sistema que no está asegurando un desarrollo humano pleno ni armónico. Y no se trata de un estigma religioso, sino de un paradigma humano que no devore al hombre por el hombre. Algunos pensadores afirman que ante el ocaso sistémico del orden social, estamos asistiendo a la muerte de un modelo civilizatorio. Pero no nos equivoquemos, la sociedad abocada a los valores espirituales y deidades del medioevo feneció en el seno de la sociedad abocada al culto del otro dios, el dinero, la deidad del fetichismo de la mercancía de la sociedad capitalista. El espíritu absoluto -del que hablaba Hegel- muere simultáneamente con el cuerpo social que lo contiene.
Estamos viviendo la ignorancia de nosotros mismos: quien no se conoce a sí mismo, así mismo se asesina, porque es esclavo de sus impulsos. Eso le ocurrió a la sociedad posespiritual, la sociedad del mercantilismo capitalista. Su impulso de acumulación de dinero la destruyó. Y con ella destruyó al hombre. No en vano hablamos de capitalismo salvaje, el neoliberalismo, como la fase superior del capitalismo.
¿Cuál es el sentido de todo esto? Es decir, ¿cuál es el camino para Ecuador buscando esa estrategia que incluya una dimensión espiritual y cultural, y no fruto del reduccionismo político y económico?
Ojalá volvamos los ojos a la tierra y sus hijos, y a los hijos de sus hijos. Volvamos los ojos a una didáctica que nos permita dar nacimiento al hombre nuevo con discernimiento, con valores, honesto y generoso. Es hora de preguntarnos qué nos puede ofrecer el mundo ancestral de nuestras raíces, pisoteadas, marchitas bajo la historia del colonialista vencedor. ¿Qué nos ofrece el mundo del hombre que crea la materialidad de los elementos, las bases objetivas del mundo desarrollando las fuerzas productivas, los trabajadores? ¿Y qué nos puede ofrecer la sabiduría ancestral del hombre del campo, el indígena que siempre dialogó con la Pachamama y aprendió de ella? Amerita recordar que la espiritualidad de ayer es sabiduría de hoy, es la epísteme, el saber pensar; y la tecné, el saber hacer. La ideología de las culturas diversas amalgamadas en una sola. No es tiempo de hegemonías arrogantes, sino de unidad en la diversidad humana y social de nuestros pueblos. Un detalle histórico en esta fecha de muertos. Estamos en crisis. Esa crisis de fin de mundo que supone toda transición. Es decir, en el decir de Gramsci, el mundo viejo que muere cuando el mundo nuevo aun no termina de nacer.



