Como un movimiento social de raigambre popular, la “protesta amarilla” en Francia crece y amenaza con “incendiar” el país galo. Francia inició en su historia diversas rebeliones que se multiplicaron por el mundo: la Comuna de Paris en marzo de 1871, y el movimiento de Mayo del 68 por mencionar dos hitos históricos de la lucha política y social contra el poder establecido en la cuna de la democracia moderna.
Según analistas internacionales la rebelión amarilla se explica por “la responsabilidad de los problemas del gobierno francés que incumbe exclusivamente al doctor Emmanuel Macron por su absoluta incapacidad para comprender el malestar de las clases bajas y medias y las de los pequeños productores y comerciantes frente a sus ingresos vulnerados, el aumento de la desigualdad y la acumulación de los perjuicios provocados por la impronta alemana, aposentada en los organismos con sede en Bruselas y con el euro y la “austeridad” como instrumentos principales, en el comercio y la economía de la eurozona”.
Una razón sin duda de peso, tratándose de Francia país que busca incidir en las europolíticas, cuyo cuestionamiento ha desplazado el debate a las calles con violentos enfrentamientos entre “chalecos amarillos”, “chalecos verdes” ecologistas, manifestantes de extrema derecha y extrema izquierda, y “las fuerzas del orden”. Golpizas, incendios y destrozos públicos son la tónica de la protesta que en la cuarta semana de disturbio había registrado ya 4.253 detenidos y 118 heridos. El gobierno de Macron desplazó en Paris 89 mil policías que enfrentaron manifestaciones que tuvieron el carácter de “guerrilla urbana” y que han puesto el jaque al poder central.
Las manifestaciones de protesta del movimiento de los “chalecos amarillos”, llamados así por la prenda que es obligatorio llevar al conducir un vehículo, que comenzaron pronunciándose contra el alza de los impuestos a los combustibles, ha ido en aumento y hay dos elementos que aún están fuera del control del “presidente de los ricos”, como es motejado Macron.
En primer lugar, los chalecos amarillos, lejos de desmantelar su movilización en los “núcleos de resistencia en las rotondas”, han anunciado nuevas marchas “hasta conseguir medidas que vayan contra las grandes fortunas y la desigualdad”. Se pide la dimisión de Macrón en carteles que siguen intactos.
En segundo término, la turbulencia callejera, y las profundas causas económicas y sociales que la alimentaron, sólo pueden engrosar las filas de los partidos de los “ultraderechistas” Marine Le Pen (Agrupación Nacional) y François Asselineau y su Unión Popular Republicana, entre otros, que coinciden objetivamente con los postulados del líder izquierdista de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon.
Los ecos de la rebelión amarilla no se hacen esperar y han movido el tablero de la euroeconomía que avizora en Francia a un país que pierde cuantiosos ingresos por turismo y que ya estimó que el PIB caerá 1% por la protesta. En términos políticos, si la rebelión popular amarilla persiste, podría provocar que se adelanten las elecciones legislativas, con disolución de la Asamblea Nacional, para dar paso a los comicios que deberían ser en el 2022, como ya pidieron en junio pasado Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon.
En tanto, la izquierda socialdemócrata francesa pierde influencia y “parece haberse diluido en Francia”, como ocurre con sus coidearios en España y Grecia. Se mantienen en el gobierno, pero las formaciones de derecha ocupan su lugar con programas que apuntan al “desarrollo económico y la equidad social”, propuesta que es vista con simpatía por los sectores laborales.



