Visitar Cuenca, en la región austral del Ecuador, siempre será motivo de interés y regocijo cultural. Transitar sus calles angostas, cruzar sus ríos por añiles puentes o contemplar su anchurosa faz desde los miradores que rodean la ciudad. Hacerlo en la víspera de las fiestas por su Independencia acaecida el 3 de noviembre de 1820, es un gran aliciente para evocar sus orígenes y proyecciones históricas.
Cuenta la crónica que la ciudad de Cuenca declara su independencia de la corona española un 3 de noviembre 1820, inspirada en el triunfo alcanzado por los guayaquileños el 9 de octubre de ese mismo año. Luego de un primer intento fracasado de reunir un Cabildo Abierto que consolide la Independencia se busca un pacto, con el gobernador, que sería descubierto. La decisión de alcanzar por las armas la liberación de la ciudad se pone en marcha, y el 3 de noviembre un grupo de patriotas intenta desarmar a la escolta militar. Enfrentados ambos bandos, patriotas y españoles, se atrincheran en dos puntos estratégicos de la ciudad, la Plaza de San Sebastián y la Plaza grande, respectivamente. Al día siguiente, el bando colonial entrega las armas al verse sin apoyo popular. Los patriotas se toman la Plaza Grande, liberan la ciudad y proclaman su Independencia que solo duraría hasta diciembre de ese año. Luego de la derrota criolla en la batalla decisiva de Verdeloma, José Antonio de Sucre regresa y consolida la Independencia definitiva de Cuenca, dos años más tarde.
La Independencia de Cuenca nos motiva a pensar en los orígenes de una ciudad erguida en una región de culturas ancestrales -que remiten a más de 500 años- cuando conformó la Gran Nación Cañari que abarcaba las actuales provincias de Azuay y Cañar en la región de Guapdondélig. Hermosa toponimia que significa llanura que se extiende hasta el cielo, era capital administrativa y militar de la comarca que a la conquista incásica se llamó Tomebamba.
En ese entonces, estuvieron frente a frente la aguerrida presencia de las tribus cañaris al mando del cacique Duma y las huestes imperiales incas conducidas por Tupac Yupanqui. Síntesis de esa transculturización son los testimonios arqueológicos de Ingapirca y edificaciones de Viracocha y Coricamba o templo del Sol. La continuidad histórica acusa luego la presencia del conquistador español Rodrigo Nuñez de Bonilla, quien tomó en propiedad lo que hoy son los cantones de Cuenca y Gualaceo. Ese hecho daría lugar a la orden real para que el gobernador de la provincia de Quito, capitán Gil Ramírez Dávalos, proceda a fundar Cuenca el 12 de abril de 1557 en el valle de Paucarbamba, perteneciente a la provincia del Tomebamba.
Cuenca, ciudad de las tres culturas cañaris, incásica y colonial, acuna en su venas el torrente histórico de una trilogía compuesta por estas vertiente genéticas. Las dos fundaciones anteriores, cañari e incaica, hacen de Cuenca una ciudad de mixtura singular que se funde a la estirpe española. El énfasis en solo una de ellas, resulta un reduccionismo que no aporta a la correcta y real comprensión de su devenir histórico. Junto a la estatuaria simbólica que erige a Gil Ramírez Davalos como paradigma histórico, también hay dos grandes ausentes que son Duma, el indómito cañari, y Huayna Cápac, conquistador inca.
Testimonios de grandeza
Estuvimos en la fortaleza de Ingapirca, fiel testigo de la grandeza cañari-incásica en la provincia del Cañar; y luego en el Azuay, visitamos la Catedral de Cuenca, arrogante testimonio del dominio colonial. Ambas construcciones tienen en común el denominador de su majestuosa solemnidad, la impositiva presencia en tamaño y forma de su formidable arquitectura hecha a la medida de sus gestores, como si los sueños de poder de ambas culturas, no merecieran nada menos.
Ingapirca, o muro del Inca, construcción auténticamente incásica-cañari, hecha a principios del siglo XVI, se presume pudo ser un observatorio del sol y la luna. Construida en la región de Hatun Cañar, o tierra grande de los cañaris, Ingapirca es una fortaleza que jugó un gran papel dentro de las estrategias militares incas, como puesto de avanzada y aprovisionamiento de las tropas hacia el norte de la región, pero su más importante objetivo era ser un lugar de adoración y veneración al dios Inti. Las ruinas de Ingapirca fueron excavadas y restauradas por una Misión Arqueológica de España entre los años 1974 y 1975.
La Catedral de Cuenca, llamada de la Inmaculada Concepción, fue construida entre los años 1885 y 1985, después de un siglo de trabajo arquitectónico basado en los planos de Juan Bautista Stiehle, la obra de 105 metros de largo por 43 de ancho, y cúpulas de 53 metros de alto y 12 de diámetro, fue inaugurada para albergar a 8.000 mil personas en su interior. Las dos torres frontales son la faz de un imponente edificio, símbolo de la presencia colonial en la región. En su interior, las naves centrales y laterales hacen gala de la fastuosa ornamentación de columnas de mármol, altares y púlpitos de pan de oro, vitrales, paredes decoradas con frescos y aplicaciones de inspiración religiosa.
Y a esa herencia, Cuenca adhiere su vocación cultural por las artes, las letras y el cine. Tres lenguajes de un mismo registro en la memoria colectiva de una ciudad que desafía el tiempo de cara al futuro, afincada en tradiciones que no soslayan nuevas utopías de grandeza. Prueba de ello es que la ciudad realizó estos días el VII Festival Internacional de Cine La Orquídea, memoria visual de la ciudad y los países invitados.
La mirada del cine mundial estuvo puesta en la ciudad de Cuenca la semana del 19 al 26 de octubre durante la séptima realización del Festival de Cine La Orquídea. En los últimos siete años el festival se ha consolidado como un espacio de encuentro entre profesionales y amantes del cine, que busca la promoción del cine independiente. El evento organizado por la Prefectura de Azuay -con apoyo del Instituto de Cine y Creación Audiovisual, ICA -se lo realizó con el fin de lograr la democratización de la cultura, promover el desarrollo de la industria cinematográfica local y nacional y dinamizar la economía y el turismo en la región».
La región iberoamericana hizo gala de calidad cinematográfica en la sección Opera Prima que destacó obras en curso de cineastas que se estrenan en el oficio. El cine ecuatoriano estuvo presente con una muestra de cortos y largometrajes, través de un panorama que puso en escena películas ya clásicas de la producción nacional. El cine infantil y juvenil tuvo una expresión notable con la exhibición de una maravillosa muestra de películas hechas por realizadores jóvenes pensadas en las generaciones emergentes. Otro importante renglón del festival fue la muestra documental de género, “una celebración a la femineidad y una ruptura a los estereotipos de género que nos limitan«.
Y en una siguiente página, Cuenca despliega una rica historia y geografía, y se apresta a celebrar su libertad e independencia que la consagran ciudad dignataria de las tres culturas que conforman su recia personalidad.





