El que a hierro mata a hierro muere, dice la sabiduría del pueblo. Sin embargo, en el caso del linchamiento de tres personas en la localidad de Posorja, Provincia de Santa Elena, la razón popular se tornó en barbarie. Los cuerpos de las víctimas, dos hombres y una mujer, quedaron inertes en la calle a media tarde del martes anterior, luego de que una turba de pobladores asaltara el retén policial y los sacara a la calle, donde fueron linchados. Los tres ciudadanos habían sido detenidos horas antes por sospecha de cometimiento de un robo. Esa tarde se había corrido el rumor del secuestro de dos niños del sector, y con ese dato errado la turba los secuestró y asesinó a palos en plena vía pública acusándolos del plagio.
El vehículo en que aparentemente se movilizaban los implicados fue volteado por ciudadanos alterados y luego incendiado. Posteriormente, los manifestantes quemaron cinco motos policiales. La multitud comenzó a lanzar bombas molotov contra la estación policial, mientras un agente intentaba calmar al pueblo, pero la muchedumbre, sin escuchar palabras mediadoras, atacó el retén, sacó a los detenidos y procedió a golpearlos en medio del griterío. No obstante, la Comandante de Policía de la zona 8, Tanya Varela, explicó que las víctimas estaban detenidas por sospecha de un robo de $ 200 y que no había denuncia por secuestro de niños. El suceso de Posorja ocurre luego de que hace dos semanas, la policía salvó de ser linchados a varios sujetos en el sur de Cuenca, ante el rumor que alertó a la población de que se trataba se supuestos roba niños.
¿En qué país estamos viviendo? ¿Qué está ocurriendo con la justicia en el Ecuador?
Vivimos en el país del descrédito de entidades del sistema de justicia, cuyo prestigio y credibilidad se ve mermado por la desinstitucionalización que vive el Ecuador desde las altas esferas de los poderes del Estado. En un país en que la justicia es puesta al servicio de oscuros intereses sectoriales y políticos. En una nación en la que la lentitud en administrar justicia saca de quicio a los afectados. En ese país donde la venganza es la forma más común de auto justicia.
Vengadores improvisados que surgen del seno del populacho y que buscan hacer justicia por mano propia, son expresión de la desconfianza ciudadana en las instancias judiciales y policiales. Sin embargo, estos mecanismos de conducta colectiva se activan cuando hay un caldo de cultivo que lo hace posible. Y ese sustrato cultural no es otro que la endémica crisis educativa de un sistema que ha fracasado en la fijación de valores en las generaciones anteriores y actuales. La ausencia de parámetros de convivencia colectiva, de actitud individual y de conducta social, ha hecho que el Ecuador sea un país hoy degradado en principios cívicos que harían posible una convivencia armónica entre sus habitantes.
Vivimos una crisis axiológica estimulada por el mal ejemplo de discutibles liderazgos encarnados en autoridades carentes de principios y consecuencia con sus propios postulados. Crisis que permite la práctica de desvalores como la venganza, la violencia dirimente de conflictos y la mentira. Pan nuestro de cada día, en el paradigma de convivencia nacional propuesto desde los poderes fácticos.
¿Es de esperar que la ciudadanía reaccione de manera diferente? Imposible. Su instinto gregario y atávico le dicta actuar, como mímesis, con agresividad irracional, violencia extrema y venganza tumultuosa. Y este comportamiento escapa a las miradas sobre la conducta individual, y no es explicable desde la psicología, sino por la sociología de un problema de dimensiones colectivas y de magnitud insospechada que corroe las bases misma de la convivencia nacional.
Es hora de que el Estado, de cara a la ciudadanía, convoque a un amplio debate nacional en la perspectiva de establecer políticas que permitan encausar el comportamiento colectivo en los diversos rincones territoriales del país. No pueden grupos barriales actuar inspirados en un mal entendido sentido de justicia propia, y hacer prevalecer sus derechos frente a la inseguridad y el crimen, reproduciendo con violencia inusitada las mismas conductas que multiplican el comportamiento delictivo. Es hora de rescatar al país de la irracionalidad.



