Un tenebroso y deprimente retrato del ganador de la primera vuelta electoral en Brasil, el ultraderechista, Jair Bolsonaro, pinta el analista Atilio Borón en su texto Nace un monstruo. Haciendo analogía con la personalidad y conducta de Adolfo Hitler, Borón retrata de cuerpo entero al ex capitán de ejército: “En una taberna maloliente de los barrios bajos del Munich de la primera posguerra un cabo desmovilizado del ejército imperial austriaco –fracasado como pintor y retratista- trataba de ganarse la vida apostando con los borrachos del local a que no lograban acertarle sus escupitajos desde una distancia de tres metros. Si los esquivaba, ganaba; cuando no, debía pagar. Entre una y otra tentativa vociferaba tremendos insultos antisemitas, maldecía a bolcheviques y espartaquistas y prometía erradicar de la faz de la tierra a gitanos, homosexuales y judíos. Años después, Adolfo Hitler, pues de él estábamos hablando, se convertiría, con esas mismas arengas, en el líder “del pueblo más culto de Europa”.
Salvando las diferencias, algo parecido está ocurriendo con Jair Bolsonaro. El candidato de la derecha política brasilera está acostumbrado a proferir “exabruptos reaccionarios, sexistas, homofóbicos, fascistas y su apología de la tenebrosa dictadura militar brasileña del 1964 y sus torturas provocaban generalizada repulsa en la sociedad”, constata Borón.
Oscilando entre el perfil de un fascista de nuevo cuño y un bufón de feria, el candidato brasilero que gana las elecciones en primera vuelta se ha convertido en un “hazmerreír nostálgico de los tiempos del régimen que se abatió sobre el Brasil entre 1964 y 1985”. No obstante, este monstruo retratado por Borón gana las elecciones de su país con el 46% de los sufragios, luego de encabezar las encuestas electorales en los últimos 15 días.
¿Cómo se explica el incremento de aceptación que lo lleva al triunfo?
Se conoce que durante la campaña, violenta y ofensiva, el comando político de Bolsonaro desplegó todos los recursos disponibles junto a la CIA y sus aliados locales, que desataron “una apabullante avalancha de “fake news” y noticias difamatorias de los candidatos de la alianza petista que encontró un terreno fértil en las favelas y barriadas populares de las grandes ciudades Brasil”. La campaña dirigida a los sectores populares habitantes de las favelas impactó en un conglomerado de hombres y mujeres, que si bien fueron sacados de la pobreza extrema y empoderados en la gestión de Lula, “no fueron educados políticamente ni se favoreció su organización territorial o de clase.”, constata Borón.
En el caso de Brasil, los sectores populares de las favelas “quedaron como masas en disponibilidad”, a expensas de otros movimientos interesados en captar su adhesión electoral y votos duros. Ese rol lo jugaron las iglesias evangélicas en las periferias urbana brasileras, sectores religiosos que apoyaron decididamente al candidato derechista, promoviendo un discurso conservador duro contra el “desorden causado por la izquierda en Brasil con sus políticas de inclusión social, de género, de respeto a la diversidad, a los LGBTI y su mano blanda contra la delincuencia y su obsesión por los derechos humanos para los criminales” .
Incluso -manifiesta Borón- se montaron encuestas para exacerbar los sentimientos homofóbicos, preguntándole a la gente “si les gustaría que a su hijo José le cambiaran de nombre y le llamaran María”. Obviamente la respuesta era unánimemente negativa e indignada. Jair Bolsonaro sintonizaba plenamente con ese sentimiento masivo conservador y homofóbico, hábilmente manipulado por los propagandistas de su campaña. En ese clima de violencia llevada al extremo verbal y gestual, Bolsonaro fue apuñalado por un opositor fanático; y, a partir de entonces, se victimizó postrado desde un hospital, situación que tuvo gran efecto mediático a su favor, sin duda, en la campaña.
En ese contexto que describe Borón, es posible que por sus escandalosos disparates -como los de Hitler-, el candidato derechista haya posicionado su imagen que en el inconsciente colectivo popular podría catapultarlo al Palacio de Planalto y ganar la Presidencia. Como dato adicional, Borón subraya que Bolsonaro -emulando a Trump-, prometió autorizar la instalación de una base norteamericana en Alcántara, en el socialmente deprimido Nordeste brasilero, el punto más cercado entre América y África.
El cuadro esbozado en sus escritos por Atilio Borón hace pensar que la llamada restauración conservadora, hoy en marcha en América Latina, es mucho más que un enunciado o un eslogan de campaña. Se trata de una estrategia continental global, con particularidades nacionales y dinámicas locales.
Que los árboles no nos impidan ver el bosque. Sudamérica enfrenta una arremetida reaccionaria con rasgos políticos neo fascistas y claros elementos culturales neoliberales, como denominador común a Chile, Argentina, Perú, Ecuador y eventualmente Brasil. En lo sucesivo, es viable prever que estos países sean susceptibles de alinearse, en la práctica, en torno de un proyecto encaminado a consolidar regímenes neoliberales en sus territorios. Esta predisposición va de la mano con el intento de poner fin a toda política de cambio social progresista. La regresión política de Sudamérica avanza, y el péndulo político se inclina hacia la derecha en un continente que empieza a temer la pesadilla del fascismo. ¿Será que todavía es, más temprano que tarde, para impedirlo?



