Debió ser a la 1 de la tarde, aproximadamente, del 8 de octubre de 1967, cuando en una vieja escuela de La Higuera en la sierra boliviana, el sargento Mario Terán del ejército de ese país, descargó varias veces su carabina M1 sobre la humanidad de Ernesto Guevara, guerrillero argentino cubano capturado en un enfrentamiento militar horas antes. Pasada la media noche de esa jornada, un tractorista, junto a otros tres miembros del ejército boliviano, tenía una misión especial: hacer desaparecer el cuerpo del Che Guevara. El guerrillero, luego de ser ejecutado, se encontraba en ese momento en el hospital de Vallegrande, un pueblo del sureste de Bolivia. Nacía la leyenda del Che Guevara, combatiente de la guerrilla y activista internacional de la causa cubana.
Su muerte significaba la derrota del contingente guerrillero que intentó consumar una revolución al estilo cubano en las serranías bolivianas. Han transcurrido 51 años de esos sucesos y la figura del Che, convertida en paradigma revolucionario, sigue nítida en la memoria viva de los pueblos latinoamericanos. Su fama desde entonces e incluso antes, no ha cesado de crecer en el mundo entero, convertido en un símbolo universal de la rebeldía y ejemplo de sacrificio personal por una causa noble.
Había nacido en Rosario, Argentina, Ernesto Guevara desde muchacho salió en busca de su destino como estudiante de medicina, primero, y como luego como activista de la causa popular latinoamericana. Su espíritu rebelde, sensibilidad social y actitud de entrega lo llevaron a enrolarse en las guerrillas que Fidel Castro iniciaba en la Sierra Maestra, Cuba, alcanzando el máximo reconocimiento entre los luchadores. El pueblo cubano lo reconocería como comandante rebelde, dirigente de la revolución y del Estado cubanos, luego de la victoria del primero de enero de 1959.
En Cuba fue presidente del Banco Central y ministro de Industrias, cargos a los que renunció para volcarse a las luchas armadas de los pueblos de África y América Latina. Siendo miembro del buró dirigente revolucionario, decide dejar ese estatus y marchar a Bolivia a intentar organizar un movimiento guerrillero en ese país. El 8 de octubre de 1967 enfrento a la muerte, cuando en la quebrada del Yuro, Bolivia, fue capturado por una patrulla del ejército boliviano dirigida y asesorada por expertos contrainsurgentes de los rangers norteamericanos.
Fidel Castro, al conocer el suceso, manifestó en un homenaje al Che: “Cuando nosotros pensamos en el Che, no estamos pensando fundamentalmente en sus virtudes militares. ¡No! La guerra es un medio y no un fin, la guerra es un instrumento de los revolucionarios. ¡Lo importante es la revolución, lo importante es la causa revolucionaria, las ideas revolucionarias, los objetivos revolucionarios, los sentimientos revolucionarios, las virtudes revolucionarias!”
Esa lectura existencial de la presencia del guerrillero argentino, permite colegir que Ernesto Che Guevara encarna el paradigma de lo que en esos años se concibió como el hombre nuevo. Un ser humano en capacidad de desprendimiento total en la lucha por la causa de los otros. Un revolucionario consecuente hasta la muerte que despreció, en su amor a la vida digna y justa de los humildes. Un luchador que impregnó a sus acciones de una nueva ética revolucionaria, imposible de comprender y asimilar desde una perspectiva burguesa capitalista. Acaso por eso fue, es, y será tan denostado por los enemigos de la revolución social. Moteado de asesino, lider implacable, enemigo impiadoso, no obstante, jamás pudieron decir nada en contra de su moral superior y generosidad vital.
El Che podrá haber equivocado de momento histórico y de lugar geográfico en la lucha militar iniciada en Bolivia. Sin embargo, Ernesto Guevara, a 51 años de su asesinato, ha trascendido como ejemplo de luchador revolucionario, más allá de la historia y de la geografía de un continente que mira en su señera figura una actitud de vida, un modelo de lucha política y una esperanza de victoria revolucionaria.



