Nos enseñaron a temerle a los extremos. A permanecer en esa región de encuentros que atenúa los contrastes y nos ubica en el centro de las cosas, allí donde se difuminan las diferencias. Ser extremista siempre fue visto como sinónimo de intolerancia y falta de madurez. La virtud ponderada del ser humano radica en la acomodaticia capacidad de habituarse, con el transcurso de los años, a una actitud conciliadora frente a la realidad. Una zona de confort ubicada lo más distante posible de la bronca o del peligro. Nos enseñaron a temerle a los extremos que lindan la frontera entre la sensatez y la locura. Y ese límite que está prohibido transgredir, son las líneas rojas de una determinada actitud que se nos ha impuesto ante la vida.
El extremismo político se llegó a calificar de ultra izquierdismo o enfermedad infantil del pensamiento revolucionario. Y de terrorismo, cuando sin razones evidentes, la violencia llega a ser la política por otros medios. Dos extremos de una conducta rechazada por una masa que prefiere concentrarse en el centro de las diferencias, y subsistir allí sin mayores polarizaciones. Sin tomar partido, dirán unos; ni chicha ni limonada, dirá el pueblo con sabio sarcasmo. Sin embargo, aquella postura de aparente cordura que nos aleja de la febril extremosidad de las cosas, en política no siempre es bien vista. La vida nos desafía a tomar posiciones e impele a la adopción de una causa por las cuales inmolarnos. Entonces, el centrismo acomodaticio y oportunista, no suele ser la actitud más digna.
Mi padre dejó escrito en uno de sus versos: Sabes cuándo es blanco, sabes cuándo es negro, cuando es gris, cuando es gris… te declaras en quiebra. He ahí la lucidez necesaria para entender los matices y los extremos. Una sapiencia que ilumina con el resplandor de una idea que enseña los contrates vitales y a transitar, sin claudicaciones, entre ellos.
Los extremos suelen ser límites que lindan la frontera de la sensatez y la locura, porque marcan la conducta de los hombres. La vida está llena de situaciones que nos ubican fuera de la mesura. Desde los deportes extremos practicados por quienes desafían los obstáculos y dominan las exigencias de la actividad física, hasta las reglas elementales de subsistencia humana en situaciones límites. La indefensión del hombre frente a las catástrofes naturales que lo descubren desnudo ante las fuerzas de la naturalza, es quizás otro momento de extrema tensión vital. O el ultimátum del suicidio, gesto que oscila -sin mucha claridad- entre el valor y la cobardía.
No obstante, en nuestra cultura occidental no hay nada más extremo que la muerte. Borges -con fría lucidez- nos recuerda que “la muerte es una vida vivida, la vida es una muerte que viene.“ ¿Puede haber algo más deprimente que el pronóstico médico de vivir ante inminente riesgo de muerte súbita? Siempre me resultó paradójica la muerte intempestiva de hombres y mujeres que, súbitamente, se desploman en pleno ejercicio de una competencia deportiva. Se supone que el estado físico de un deportista profesional es lo más distante de la muerte, porque se colige que un deceso súbito no puede ocurrir a un ser humano en plenitud física.
Claro, con excepción de padecer una insuficiencia cardiaca que pone el límite entre la vida y la muerte. El corazón es una máquina perfecta que actúa como una bomba insuflando sangre al resto de los órganos vitales. Cuando su capacidad o factor de eyección -bombeo- disminuye, se está en riesgo de sufrir una arritmia letal que puede concluir en un paro cardiaco, con la consecuente muerte súbita. Nada más extremo que esa absurda fibrilación en la que se convierte la frecuencia cardiaca, sin su latido. La tecnología médica, se supone, nos aleja de la muerte. Incluso provoca la descarga eléctrica de un desfibrilador, en caso de arritmia mortal, que obliga al corazón a corregir la taquicardia y volver a sus pasos, a un ritmo normal. Adaptarse a dormir con el enemigo, un corazón que tiene razones que la razón no entiende, resulta también extremo.
Convivir con una espada de Damocles pendiente sobre la cabeza, es un desafío que se aprende a asumir como sabiduría esencial que saca fuerzas de flaquezas y que es posible que afloren desde el fondo del espíritu. Felizmente lo más terrible se aprende enseguida y solo lo hermoso nos cuesta la vida, como reza el canto de Silvio Rodríguez. Mirar de frente los ojos claros de la muerte, será siempre una cuestión de vida, experiencia que ayuda a valorar nuestra residencia en la tierra, en su exacta dimensión.
Vivir para contarla, es otra invitación extrema que nos depara la vida.



