Fue en el invierno del 2006 cuando visité la tumba de Víctor Jara en el Cementerio General de Santiago de Chile. Era un sitio simbólico frente al “patio de los desaparecidos” por la dictadura de Pinochet. Sobre unos ladrillos pintados a mano se leía su nombre, la fecha del crimen 14 de septiembre de 1973, juntos a restos de flores que la gente de su pueblo depositaba en su última morada.
Era difícil no llorar ante esa tapia mortuoria que lo separaba de su pueblo que lo admiró en vida, por su alto compromiso con la causa popular. Víctor en la memoria era un ser humano singular, compositor, director de teatro y militante comunista, fue uno de los primeros mártires de la revolución chilena, con empanadas vino tinto y los sones de sus trovadores. Hoy, a 45 años de su asesinato, recordar a Víctor es un acto natural como respirar. Rememorar su presencia en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile cuando lo conocí, mientras cursaba mis estudios de Historia, y él cantaba en los mítines estudiantiles en apoyo al gobierno de Allende, es un ejercicio de la memoria poética y política que siembre van juntas cuando evoco a este artista inolvidable.
Es imposible no estremecernos de emoción, recordando que un día de septiembre, -el mes en que ocurren las grandes situaciones en Chile-, en una fecha aun imprecisa, fue asesinado Víctor y luego hallado su cuerpo, torturado y acribillado con 44 impactos de bala, en un terreno baldío junto a una línea férrea en la periferia de Santiago. La justicia tardó pero llegó para Víctor, cuando recientemente, el juez Miguel Vázquez, condenó en julio de 2018 a nueve exmilitares por el crimen de Jara.
La muerte de Víctor se produjo cuando en la mañana del 11 de septiembre de 1973, al enterarse de que había un golpe de Estado en curso, se dirigió a su lugar de trabajo, como había ordenado la Central Única de Trabajadores. Por ese motivo acudió a la Universidad Técnica del Estado, donde tenía programado cantar esa mañana. El 12 de septiembre la sede de la universidad fue asaltada por los militares, bajo fuego de armas de guerra. Profesores, estudiantes y personal administrativo que se habían mantenido al interior del centro de estudios fueron detenidos. Víctor se encontraba entre los que fueron llevados hasta el Estadio Chile, a unas pocas cuadras del lugar. Fue reconocido por los militares que estaban en el acceso del recinto deportivo y fue «agredido verbal y físicamente», dice el fallo judicial. Allí fue varias veces torturado, y cuando debía ser trasladado al Estadio Nacional convertido en campo de concentración de presos políticos, Víctor fue apartado del grupo y asesinado, luego de ser inmisericordemente flagelado en las manos y el rostro. Según el informe de Verdad y Reconciliación, «el cadáver de Jara, con manos y rostro muy desfigurados, presentaba 44 orificios de disparos» un «ejemplo de ensañamiento en la ejecución» por parte de los militares.
Durante 36 años los restos de Víctor Jara estuvieron en el nicho en el Cementerio General, donde fue sepultado casi en forma clandestina por su viuda prácticamente en soledad, antes de salir con sus hijas al exilio. En diciembre de 2009, Jara fue exhumado y se le realizó un funeral multitudinario y sepultado en una tumba donde se puede leer «Víctor Jara Martínez. 1938 – Septiembre – 1973».
Han transcurrido cuatro décadas de estos terribles acontecimientos y hoy, en una efeméride de profunda tristeza, conmemoramos los chilenos la muerte de Víctor Jara. En mi memoria personal guardo el frío recuerdo de esa gélida mañana de invierno frente a su humilde tumba en el patio de los desaparecidos. Ya no es posible tatarear una melopea de Víctor, sin volver a sentir -como esa mañana-, un nudo que oprime la garganta.



