La economía es la política de la sobrevivencia cotidiana por medios materiales. Será por eso que de la planificación económica que emprenda un país, o una familia en particular, depende el estilo de vida. Esa modalidad de distribuir recursos, privilegiar rubros de consumo, promover el ahorro, en definitiva, manejar las finanzas, responde al paradigma que un gobierno, o una familia, se hayan hecho de sí mismos. Según sea ese modelo, es la forma que adopte nuestra vida real.
Y en la vida real el gobierno de Moreno enfrenta la disyuntiva de adoptar un modelo privatizador con privilegio en los intereses empresariales, o un modelo social con predominancia en políticas de desarrollo popular. ¿Son incompatibles ambos caminos? No deberían serlo. Una tercera vía se avizora, en teoría inteligente, que es aquella en la que en el marco de una economía mixta -sector público y privado conjugando intereses, estrategias y acciones se apoyan mutuamente en beneficio de todos. ¿Es una utopía muy descabellada? No debería serlo.
En la realidad los gobiernos, poco o nada logran en la conjugación de inversiones y negocios privados, -por lo mismo minoritarios-, armonizadas con las necesidades de las amplias mayorías. Por declaraciones oficiales, no es un misterio que el Gobierno de Lenin Moreno pone énfasis en la gestión privada del mundo empresarial para conseguir inversiones frescas, generación de empleo y productividad competitiva del país en los mercados internacionales. En esa línea ha hecho todo, o casi todo, lo que debía hacer: privilegios arancelarios, perdón de deudas privadas, incentivos a la inversión con reglas del juego afines a los empresarios, etc. No obstante, los flujos de inversión privada no crecen, las fuentes de trabajo disminuyen y el llamado factor confianza existente entre lo público y privado no aparece boyante.
En esa línea de acción el gobierno ecuatoriano emula lo que está haciendo el gobierno argentino, fruto de la colusión entre el régimen del presidente Macri y los empresarios gauchos. ¿Qué tenemos en común con Argentina para haber elegido ese modelo como ejemplo a seguir?
Al estilo gaucho
La economía del país sureño, a diferencia de nuestra economía, acusa altos niveles de inflación especulativa, una acelerada devaluación de su moneda nacional y tasas de interés bancario más elevadas del planeta. Al igual que Ecuador, la Argentina viene saliendo de un modelo estatista, con fuerte inversión pública y manejo de la economía con énfasis en lo social, un abultado Estado incidente en la economía, elevado endeudamiento exterior, etc. y, por tanto, según se lo quiera ver, una crisis nacional caracterizada por desajustes económicos. La etapa de las vacas flacas o debacle de la economía, según se lo quiera ver, está marcada en ambos países por el “alto déficit fiscal”, la baja confianza en la política económica central, y el inexistente compromiso de los empresarios para invertir sus capitales y reactivar la economía.
En ese panorama hay la disyuntiva de medidas de shock o gradualismo en la posible solución del tema. Frente a esto hay indecisión gubernamental. Al parecer, ambos países se inclinan por medidas graduales, con anestesia e inyectadas lentamente. Una de las medidas urgentes consistiría en corregir el desequilibrio fiscal, cerrando la llave a la inversión pública, achicamiento del Estado y despido de la burocracia excesiva para ahorrar dinero. Sin embargo, hasta el momento, nadie garantiza que esas medidas sean del agrado total y suficientes para cautivar a la inversión privada.
En eso nos parecemos a los argentinos. Nuestro endeudamiento y déficit fiscal es mayúsculo. Según los empresarios, y versión del propio gobierno, la deuda pública asciende a 60 mil millones, y en ese contexto no consideran suficiente las medidas adoptadas, porque aún falta eliminar impuestos, por ejemplo, el aplicado a la salida de capitales al exterior y el anticipo del pago del impuesto a la renta. Dos medidas necesarias de adoptar para despejar el camino a los intereses privados.
¿Qué falta por hacer para convertir a la empresa privada en el motor del crecimiento, inversión y empleo? No falta quienes piensan que el actual gobierno ecuatoriano no está en condiciones, políticas ni sociales, de emprender mayores coincidencias con los empresarios. Esa es una tarea que le correspondería hacer a un gobierno empresarial, elegido en elecciones universales. El aporte del régimen actual consistiría en despejar, políticamente, el camino para que aquello ocurra en el 2019. Con eso es suficiente.
No obstante, aun quedan tres años de gobierno, y en ese periodo de tiempo mucha agua pasará bajo los puentes. El gobierno ecuatoriano debe gobernar en tanto, y si no lo hace con arreglo los intereses ciudadanos, corre el riesgo de perder más popularidad. Y si no lo gace en arreglo a los intereses empresariales, corre el riego de quedarse sin inversiones productivas que reactiven la economía. ¡Vaya disyuntiva! Ese es el drama de los gobiernos que pretende ser “de todos”, cuando en la realidad solo gobiernan para un sector: el pueblo o la oligarquía.
¿Qué se requiere para que los electores no dejen al gobierno sin sustento político y los empresarios no lo dejen sin sustento económico, en una suerte de limbo criollo?
Falta una agenda con definición de sectores rentables y rubros atractivos donde invertir. Planes de crecimiento conjunto, con alianzas privado estatales en proyectos estratégicos de la economía. Además, hay ausencia de un modelo propio, a la medida de nuestra realidad. Sobre todo se carece de una visión realista que nos haga ver un catastro real de la economía, de las deudas por pagar, de las proyecciones de nuestros productos en los mercados internacionales y de las fuentes de financiación para emprender nuevos retos económicos.
Algo más tenemos en común con los argentinos: los empresarios no se juegan con Moreno y Macri tanto como ellos se están jugando por los dueños del capital.
No sea cosa que, además, entonemos juntos a los argentinos la letra del tango dedicada a los imprevisibles empresarios: …Qué mal que me pagaste y te sigo queriendo…



