No deja de ser extraño anteponer, simbólicamente, a una vista anchurosa del mar una reflexión sobre el sentido opresivo de la obra de Franz Kafka, y en esa analogía descrita en la biografía Miedo a la vida, de Ramón González Ferri, descubrir rasgos de una realidad que aún prevalece después de un siglo de la existencia del escritor checo. En esta lectura playera caemos en cuenta de que es muy posible que el propio autor de La Transformación, no haya tomado conciencia de que su obra literaria compuesta de siete libros, diversos diarios y cartas personales, fuera a describir un mundo, que se convierte en categoría literaria, para definir una realidad social y cotidiana que se yergue en símbolo constante de la sociedad burguesa. No fue gratuito que Borges definiera a “Kafka, el gran escritor clásico de nuestro extraño y atormentado siglo”, al extremo que para referirnos a los absurdos de una realidad insólita y angustiosa, decimos que es un “mundo kafkiano”.
Entonces no es de extrañar que resulte, de algún modo, pertinente anteponer ese universo de alienación, brutalidad física y psicológica, conflictos familiares, aventuras terroríficas, laberintos de burocracia y transformaciones míticas en un parangón de nuestra propia sociedad latino ecuatoriana. Y hacerlo frente a la impronta de libertad de un paisaje marino, con horizontes de anchuras y profundidad, que simbolizará siempre la libertad, lo eterno y trascendente, es todavía con todo extraño.
¿Qué tiene en común el mundo incomprensible y premonitorio kafkiano con la realidad circundante de un pequeño país sudamericano como Ecuador? Mucho y poco, según cuánto asociemos temores y males de nuestro entorno a la consuetudinaria convivencia de una sociedad trastocada en valores y mezquina en opciones vitales.
Expresionista, con fuertes rasgos de existencialismo, la creación de Kafka responde congruentemente a su vida, y ella refleja la lucha que libró entre las obligaciones laborales y su dedicación literaria, con el obsesivo anhelo de escribir y describir los designios de una sociedad absurda. De allí que sus parábolas de turbadora e inagotable riqueza simbólica, protagonizadas por antihéroes extraviados en un mundo incomprensible en sus novelas, reflejan una realidad en apariencia reconocible y cotidiana, pero sometida a inquietantes mutaciones que sumergen al lector en una opresiva y asfixiante pesadilla. Diríamos, la plasmación de las angustias e incertidumbres que embargan al hombre contemporáneo. ¿No hay en esto algo de ineludible similitud con el país del absurdo, la republica del silencio, la patria de la felonía, el territorio asfixiante en que quieren convertir al Ecuador los responsables de conducir al país, en todo caso, hacia derroteros destinos? No cabe duda que sí.
De cara al mar, leer párrafos como este que escribe Kafka: “Necesitamos libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismo, libros que nos hagan sentirnos desterrados de las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que habita en nuestros corazones. Eso es lo que creo”; por decir lo menos, es otro insólito.
La literatura del escritor checo -nacido en Praga en 1883 y muerto de tuberculosis en 1924-, es fiel reflejo de una vida en la que son innumerables las veces que experimentó el fracaso. El gesto que dio inicio a su leyenda, la petición a su amigo y biógrafo, Max Brod, de quemar todos sus textos tras su muerte por considerarlos malos e inacabados, no fue sino el reconocimiento de su frustración vital. En horabuena su amigo hizo todo lo contrario y llevó al gran público su obra, mucha de ella, póstuma. La postergación constante de actos, intentos y proyectos es el sello que marca la relación de Kafka con su propia vida y su única ambición, la escritura. Kafka reconocería desesperado: “Mi forma de vida solo está orientada a la escritura y si experimenta cambios es solo para corresponder lo mejor posible a la escritura, porque el tiempo es corto, las fuerzas son pequeñas, la oficina es un horror, la casa es ruidosa y hay que tratar de abrirse paso con obras de arte, cuando no es posible tener una vida hermosa y rectilínea…”
Se trata de una impecable reflexión sobre “la identidad y la soledad”. Nabokov describe la obra kafkiana como una creación en que “la nitidez de su estilo subraya la riqueza tenebrosa de su fantasía”. La fantasía de una obra en donde no hay metáforas que adornen la historia de su vida en blanco y negro. “Y no solo me amenazan los enemigos exteriores, también los hay en las profundidades de la tierra”, escribiría Kafka. Es muy probable que su estilo de vida le infundiera un inmenso sentido de culpabilidad, convencido de que su propia salvación vital era del todo imposible.
Reflexionar sobre las cuitas de una vida intensa, como la de Franz Kafka, de cara al anchuroso océano, pacífico y amable a estas horas de la mañana soleada, resulta por decir lo menos, catártico, purificador y, al mismo tiempo, decantador de tantas corrientes negativas que, ojala, se lleve el aguaje de la vida hacia otros horizontes.



