Las palabras crisis y critica son dos acepciones que en teoría se relacionan, y en la práctica se repelen en la actividad del periodismo. El abandono de la ética por parte de los medios suele ser un asunto vigente y frecuente que atraviesa, de punta a cabo, la dicotomía entre crisis periodistica y periodismo crítico. Dicho de otra manera, ¿qué rol juega la ética en la dinámica de contar la crisis social y ser crítico frente a la crisis? Una respuesta, en virtud de la verdad, suele ser lapidaria: los medios son observadores de la crisis y reflejo de ella.
¿Cuáles son los rasgos de la crisis?
Los medios como “testigos de la realidad”, históricamente, se han alimentado de una recurrente crisis social y la han documentado en diversos formatos audiovisuales e impresos. Pero, tratándose de la crisis del periodismo, cabe reconocer que dicha crisis se expresa en la desconfianza de las audiencias que -según el analista Mario Morales-, se evidencia en las prácticas de rutina informativa y en las realizaciones de producción, que a su vez tienen su exponencia “en las estrategias de sostenibilidad, en la profesión de fe, en objetivos del oficio, en la formación y desarrollo de los comunicadores, en fin, crisis en la credibilidad en el trabajo periodístico”. La revolución tecnológica que desplaza a diario a los conceptos aprendidos en el aula sobre la deontología de prensa, es la principal desencadenante de la crisis en los principios del periodismo y en los valores de los medios de comunicación.
¿A mayor tecnología, menor ideología? Parece ser esa la fórmula pragmática; sin embargo, es más correcto decirlo así: mientras la tecnología camufle a la ideología bajo su ropaje cibernético, estamos en la indefensión ante la presencia de un arma oculta, peligrosamente atentatoria de la ética. Y dicha orfandad es producto de la pérdida del estado crítico, es decir, de la actitud cuestionadora que debe tener el periodista frente a la crisis social y, por tanto, frente a su propia crisis. Vale decir, existe un muro contenedor de la crisis, independientemente de su recurrencia y sus contextos: la función social del periodismo que le impele a “brindar información que las audiencias necesitan para que auto gestionen sus vidas y sean libres”, dicho en términos de Morales.
Y en esa dinámica surgen los consabidos conceptos de objetividad, imparcialidad o neutralidad y calidad periodísticas, categorías en las que tanta insistencia ponían los profesores de la Facultad de Comunicación. Habría que empezar reconociendo que resulta falaz insistir en la objetividad como principio, y no como método de investigación periodistica, usado a diario en la labor informativa. Citamos con Morales, a Kovach y Rosenstiel, en su lúcida afirmación: lo único objetivo en el trabajo del periodista, es el método que cabalga en la verificación sistemática y que debe asimilarse en la perspectiva de lo posible al método científico aplicado a la realidad.
No obstante, dicho método objetivo, no es nada sin su cobertor ético: la elección de los temas, estéticas, fuentes, preguntas, dinámicas de edición y de producción, corresponden a rutinas aprendidas sobre la base de la honestidad y transparencia que deben acompañar al oficio. Y a ese ámbito corresponde la imparcialidad periodística. Es decir, la voluntad de mantener independencia respecto a “los partidos políticos, a las industrias financieras, a los conglomerados transnacionales o, como sucede hoy en día, a las grandes empresas de telecomunicaciones”.
Parece una misión imposible, puesto que frente a sus necesidades de subsistencia, empresas y profesionales de la información, “han debido echar mano del mecenazgo que a veces connota sesgo ideológico o político”, o a la publicidad, canto de sirena del márketing que busca reunir públicos aptos para el consumo. No hay otra alternativa visible: es necesario, por tanto, que medios y periodistas recuerden con frecuencia, y como parte de sus propias narrativas, los asuntos en las cuales sus financiadores tienen intereses particulares con la intención de brindar todo el contexto que determina sus agendas, las visibles, las invisibles y las emergentes, como puntualiza Morales.
Otro aspecto que ya forma parte de un componente subjetivo de la profesion del periodista,se relaciona con el hecho de que éstos construyen sus audiencias con fundamento en la emoción y el reconocimiento. El periodismo no puede ceder a la tentación de la espectacularización, es decir, al amarillismo sensacionalista que agita pasiones y, por tanto, remodela conductas cotidianas.
Y este aspecto de la profesion tiene relación directa con el otro valor tan citado en el aula de la Facultad: la calidad periodística. Valga decir que la calidad está en relación directa con una frontera dónde comienzan y dónde terminan los límites “en aspectos como la precisión y la cobertura de acontecimientos, y dónde aparecen categorías propias del ciberespacio como el uso, la recomendación, la reutilización o la remezcla de contenidos con el fin de interpretar, asignar sentido o dar contexto”.
Sensacionalismo y calidad periodística, van en sentido inverso. Están tamizados por los discursos del odio, las estigmatizaciones, las revictimizaciones que son componentes de las narrativas periodísticas, que a su vez, prácticas adocenadas a formatos, estructuras o géneros terminan legitimándolas. La responsabilidad del periodista es evitar que los enfoques maniqueos que dividen a la vida entre lo bueno y lo malo, entre héroes y villanos, terminen “convalidando la realidad como una dualidad y la verdad como una contraposición sin matices, sin grises y sin aspectos ideológicos entre tendencias y opiniones contrarias”. El periodismo no es, con mucho, un adalid de la justicia antes que de la verdad -propio de un mal entendido “justicialismo mediático”- que desenfoca la misión periodística de registrar los hechos, sin importar las consecuencias sobre los “culpables”.
Para zanjar la dicotomía entre un periodismo crítico que constate y evalúe los hechos, y la crisis del periodismo que termina siendo todo lo contrario, existe una ruta un tanto más nítida: no jugar al blanco y negro, sino al gris de la realidad, ese matiz que es fruto de la propia dialéctica de la vida donde no hay vencedores ni vencidos.
Apostar por un periodismo crítico frente a las crisis, resulta ser el camino. Esto dicho en palabras de Mario Morales: “que hoy más que nunca los medios de comunicación y periodistas sean fieles a su función democrática, a su responsabilidad ética y sus compromisos morales de autonomía, independencia y conciencia crítica, sobre la base de la honestidad y la bonhomía, que son indelebles e invulnerables, no obstante, los necesarios acoples y ajustes a tono con la época, frente a las crisis, los cambios y las revoluciones culturales».



