La rampante corrupción que se vive en diversos países del continente -Brasil, entre otros- ha hecho pensar en un retorno de los militares al poder en ese país. Una concurrida avenida carioca exhibe un llamado a las fuerzas armadas a “salvar al país”, como si se tratará de una invocación a un poder superior.
El repudio de la clase política genera el espejismo de que los militares son una buena opción electoral -o de poder de facto-, de igual modo en Argentina donde Macri sugirió “asignarles tareas de seguridad interior”. El hastío por la corrupción y la falta de respuestas lleva a los ciudadanos a ver a los uniformados como una alternativa, aunque no necesariamente sea así.
Argentinos y brasileros olvidaron, fruto de amnesia política, los aciagos días de las dictaduras más siniestras del cono sur en la década de los años sesenta y setenta que bañaron en sangre a Chile, Bolivia y Paraguay. No en vano a los militares brasileros se ganaron el mote de “gorilas” y los argentinos todavía lloran a sus torturados y asesinados, junto a las madres y abuelas en la Plaza de Mayo.
El fracaso de la democracia formal representativa en manos de gobiernos reaccionarios, populistas o reformistas, ha creado una sensación de hartazgo y desesperanza. Sentimientos que hacen pensar que los “incólumes” militares serían los salvadores de la patria. La amnesia latinoamericana hace olvidar que Pinochet es el dictador más corrupto de la historia continental, creador de una red de corrupción familiar que copó todos los rincones de Chile con negocios desde juegos electrónicos, lavado de dinero, tráfico de drogas, tráfico de armas, hasta sicariato organizado para asesinar a sus opositores en el extranjero, como ocurrió con Orlando Letelier, entre otros personajes civiles y militares de Chile.
La corrupción es fruto de politicas de Estado permisivas de complicidad organizada y encubrimiento deliberado. Es “es culpa de personajes nefastos que en nombre de la democracia dejaron un país devastado culturalmente, socialmente y económicamente”, como manifestara un ciudadano argentino a la prensa de su país. No obstante, en el país gaucho hay voces que aun claman la presencia castrense en las esferas del poder civil: “el enriquecimiento de la clase política y las promesas electorales incumplidas son los que llevan a creer que “si estuvieran los militares esto no sucedería”.
Los cantos de sirena -con la bayoneta calada-, es el peor peligro para la democracia, por más debilitada e ineficiente que ésta aparezca hoy en manos de gobiernos reaccionarios. Un ciudadano ecuatoriano manifestó en una conversación callejera: “los militares en el poder sería la peor opción para América Latina”, ya que en su opinión pueden ser “tan corruptos como los políticos y aún más”. Solo basta observar como los militares, a instancias de gobiernos civiles, han hecho de la guerra en Colombia su negocio más lucrativo. La contrainsurgencia, disfrazada de lucha antinarcóticos, ha generado un expectante negocio de armas en el vecino país.
En Ecuador, no obstante que los militares han cumplido sus tareas asignadas en el campo de la defensa territorial, también es cierto que se empoderaron en actividades industriales en el sector automotriz y en negocios relacionados con el turismos administrando hoteles. Políticamente, los militares ecuatorianos en el poder durante la década de los años setenta, jugaron un rol nacionalista, consolidando instituciones y administrando los recursos naturales estratégicos del pais.
La democracia transcurre en sentido inverso a las dictaduras. Todos depende de qué esté escrito en las Constituciones en materia de derechos humanos, participación ciudadana, obligaciones civiles, inclusión de grupos vulnerables, que son el reflejo de la cultura de un país. Solo será la cultura de paz, inclusión y honestidad, la única que salvará a la patria latinoamericana de días peores. Cuidado con los desvaríos políticos, que detrás de cada toque de trompeta, suele haber un dictador esperando el turno.



