Las conexiones entre el futbol y la política suelen ser encubiertas o desembozadas, según algunos ejemplos históricos que demuestran que el deporte como un hecho social, no está exento de contaminación ideológica. Hace algunos años, en 1969, Honduras y El Salvador protagonizaron una guerra que se originó en un partido de fútbol jugado entre ambos países por las eliminatorias para la Copa Mundial 1970. En el contexto sudamericano, Chile y Brasil protagonizaron un intercambio de misivas diplomáticas de elevado calibre cuando Pinochet calificó a los brasileros de “subdesarrollados”, luego de una derrota futbolística del equipo de la estrella solitaria ante los cariocas.
El mundial Rusia 2018 no ha estado exento de manifestaciones políticas como rezago de hechos históricos vividos en el territorio europeo durante el siglo XX. Croacia, territorio de la ex Yugoeslavia en 1918, tras la Primera Guerra Mundial formó parte del efímero Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos que se había separado de Austria y Hungría, y que posteriormente se transformó en el Reino de Yugoeslavia. Durante la Segunda Guerra Mundial se fundó un Estado títere de la Alemania nazi. Luego de la guerra, Croacia fue un miembro fundador y elemento federal de la Segunda Yugoeslavia, un Estado socialista. En junio de 1991 Croacia declaró su independencia, reconocida el 8 de octubre de ese año. La guerra croata de independencia tuvo lugar en los cuatro años sucesivos a la declaración.
En Rusia 2018, el seleccionado de Croacia, finalista del certamen mundial de fútbol, ha protagonizado eventos que rememoran el pasado nazi de su territorio durante la guerra mundial del 39. Hoy la noticia destaca que los jugadores croatas siguen enalteciendo el fascismo en Rusia. El hecho lo protagonizó el defensa croata Vida que junto al ex jugador ucraniano Ognjen Vukojevic ensalza el régimen fascista de Kiev. El video circula en Facebook luego de que un periodista ucraniano lo difundiera en el que se ve a Vida gritando “Gloria a Ucrania”, que es un lema utilizado por el fascismo ucraniano para arengar a sus partidarios.
Los antecedentes de estas conductas de los deportistas croatas se remiten a otro video grabado por el futbolista Lovren donde se le ve junto a varios compañeros de equipo cantando “Bojna Cavoglave”, una canción de la banda Thompson, que hace apología del régimen fascista croata de la Ustacha durante la Segunda Guerra Mundial.
En el año 2013, el jugador croata Simunic, fue multado con 3.500 euros por sus gritos nazis. Durante una celebración, el futbolista pidió al público corear con él un conocido lema de los “ustachis”. “Za dom” (“Por el hogar”) exclamó Simunic tres veces por el micrófono del estadio con una mano levantada, mientras que el público respondió “Spremni” (“listos”). Ese era uno de los saludos de los “ustachis”, el protectorado croata de la Alemania nazi.
En el 2015 la UEFA sancionó a la Federación de Futbol Croata con “un partido a puerta cerrada y 50.000 euros, por insultos racistas de sus aficionados”. En ese encuentro futbolístico se jugo con la imagen de una esvástica pintada con las podadoras en el césped del estadio, por lo que la UEFA reabrió un expediente disciplinario a Croacia.
Lo cierto es que el fútbol, pasión de multitudes, debe ser motivo de amistad entre los pueblos. Tanto hijos de croatas como de franceses, que se enfrentan este domingo en el cotejo final de Rusia 2018, son herederos del drama y sufrimiento vivido por sus padres y abuelos históricamente bajo el yugo fascista. Cuando los equipos croatas y franceses salten a la cancha en Moscú, ex capital soviética que estuvo a 45 kilómetros de caer bajo la bota del ejército nazi durante la invasión alemana en los años cuarenta, ambos planteles deben protagonizar un encuentro deportivo como símbolo de paz y unidad contra el enemigo común que acecha al mundo, revivido en la tendencia conservadora que hoy amenaza al planeta.



