La sabiduría popular los llama ídolos de barro para señalar la vulnerabilidad y fragilidad de quienes, a pesar de tener una apariencia fuerte y sólida, se desmoronan como la estatua bíblica del gigante de Babilonia en el sueño de rey Nabucodonosor. La monumental figura onírica tenía cabeza de oro, torso de plata, caderas de bronce, piernas de hierro y los pies de barro cocido. Una piedra rodante se estrelló contra la frágil base de la escultura, y terminó desmoronándola.
¿Es el caso de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, las dos figuras rutilantes del espectáculo futbolístico mundial?
Sometidos a la exigencia de los clubes-empresas donde militan, bajo la implacable lógica de la dinámica económica capitalista, ambos cracks fueron convertidos en proyectos de inversión y utilidad, productos del mercantilismo que rige el negocio deportivo. Un destino lucrativo y cruel, regentado por la ambición ilimitada de dirigencias muchas veces corruptas, y santificado por la presión mediática de un periodismo deportivo que se vale de hinchas con micrófono para levantar y destruir presuntos héroes de gramilla. Un guión mercantilista de corte neoliberal, donde importa más la rentabilidad del dinero que la persona. Es más, la persona es un producto rentable o no sirve para el negocio.
Ya en la cancha, los ídolos deben ser héroes en cada jornada, les está prohibido fallar, salir sin haber convertido el gol del triunfo o levantado un trofeo en la final de un torneo. En torno de su figura se tejen los mitos patriarcales de la superioridad machista basada en la fuerza bruta, de la habilidad de un mago sin límites, de la acción mesiánica de quien está obligado a ser exitoso. Esa predestinación fálica del macho alfa que todo lo consigue con huevos en la cancha, de algún modo paradójico contradice -en su exacerbado individualismo- el trabajo colectivo, la magia del fútbol plural y comunitario del juego en equipo. ¡Y algunos comentaristas improvisados llegan a decir que el equipo no sabe jugar para el ídolo!
Argentina y Portugal, equipos nativos de Messi y Ronaldo, no contaron, una vez más, con ese detalle: el fútbol es un asunto en comunidad. De estrategias y tácticas de grupo, en el que un individuo debe supeditarse a la lógica del conjunto, a la acción mancomunada en la cancha de once contra once. No es casual que, tanto Messi como Ronaldo, expresen en el rostro su estupor e incomprensión de lo sucedido en el campo de juego, cuando el resultado no les es favorable. Sus rostros miran un punto indefinido entre las nubes donde ellos creen que se encuentra un dios todopoderoso que los ampara, en su condición de ídolos terrenales. Nada más patético que sus rostros expresando la amargura de la impotencia en la derrota. En el caso de Messi, queda la duda de su compatibilidad de genio futbolístico con “cierto nivel de autismo” provocado por el Síndrome de Asperger que le afecta desde niño, pero aquello todavía forma parte del mito.
Messi y Ronaldo son eternos rivales en imponer la supremacía futbolística individual. En esa tarea, exhiben triunfos sonados fuera de sus países que tienen que aceptar la fuga de cerebros y una exportación de talentos deportivos, sin beneficio de inventario. Para ambos jugadores es su cuarto Mundial, y probablemente el último, representando a su país natal. Messi de 31 años y Ronaldo de 33, se han repartido equitativamente los últimos diez Balones de Oro al mejor futbolista del año. Portugal, con Ronaldo, llegó a cuartos de final en el 2006, fue eliminado en la primera ronda en 2014 y en la segunda en el 2010 y 2018. Argentina de Messi, fue finalista en el 2014, llegó a cuartos de final en 2006 y 2010 y no pasó de la segunda ronda en 2018. Messi marcó seis goles en 19 partidos de copas mundiales y Cristiano 17. Ronaldo conquistó la Eurocopa de 2016. Messi, logró una medalla olímpica de oro en los Juegos de Beijing 2008, pero ha masticado la amargura de perder en tres finales de la Copa América, en 2007, 2015 y 2016.
Ambos ídolos también tienen en común la orfandad, cuando su impotencia en la cancha los descubre solos frente a un mundo sin dioses entre las nubes, que desesperados escudriñan buscando una explicación a la tragedia de la derrota. Porque para ellos, condenados a triunfar, perder es una auténtica catástrofe. Y esa conciencia que arde en su interior, no tiene nada que ver con el espíritu deportivo, sino con el imperativo triunfalista del futbolista profesional impuesto por las empresas dueñas de sus pases y contratos que lucran escandalosamente con sus efímeras victorias. Esa pesadilla que acaba con el “sueño del pibe”, desmoronado como la estatua de Babilonia, no terminan de creer porque nadie los preparó para la derrota que todo ser humano normal debe saber asumir en la vida. Una pérdida deportiva que los separa del mito prefabricado por el guión preestablecido, escrito para ídolos artificiales creados por el marketing.
Los hinchas vamos a un estadio o encendemos el televisor para ver triunfar a los multimillonarios cracks -y los vemos llorar-, solo entonces se comprende por qué los ricos también lloran. No en vano Hemingway dejó escrito que “el hombre no está hecho para la derrota, un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Acaso por eso, Messi y Ronaldo, aún tiene una lección pendiente de aprender: siempre la derrota debe tener la dignidad que la victoria no conoce.
Las derrotas en silencio saben mejor, pero ellos como el ídolo de Barro de Babilonia, están expuestos a los ojos ávidos del mundo.



