Cada vez que damos un like en Facebook, publicamos un selfie, o chateamos con nuestros familiares y amigos en Twitter, jamás nos ponemos a pensar el destino de los datos que difundimos en las redes sociales. Como si las llamadas “politicas de seguridad” prometidas por las redes en Internet fueran alguna garantía para precautelar nuestra privacidad, nos confiamos sin sospechar a dónde van a parar nuestras ideas, sentimientos, imágenes y secretos.
Un reciente escándalo protagonizado por Facebook -que hizo pedir perdón a su fundador Mark Zuckerberg por la filtración de información de los usuarios- ha hecho saltar la alarma y dudas de los internautas sobre el uso que dan las empresas cibernéticas a los datos almacenados en “la nube” y motores de búsqueda.
Sabemos desde ya que todo lo que publicamos en redes sociales o compartimos con nuestros amigos virtuales y reales, identidad y geolocalización de contrapartes de chats, van a dar a los archivos de las plataformas Instagram y WhatsApp, filiales de Facebook, Snapchat o Twitter. Estas industrias del chateo utilizan los datos proporcionados voluntariamente por los usuarios para fines comerciales, publicitarios y de índoles, incluso, desconocidas por los abonados.
Los propósitos comerciales de Facebook, por ejemplo, no consisten en vender a sus clientes anunciantes los datos personales identificables, sino la oportunidad de que un anunciante impacte al target o público que le interesa llegar con publicidad organizada, optimizando así la eficacia de una campaña. Ryan Matzner, cofundador de Fueled, empresa de aplicaciones, señala que Facebook no está en el negocio de la venta de datos, está en el de la venta de píxels. Twitter, en cambio, comercializa tuits, o accesos a motores de búsqueda para ver los mensajes publicados durante un tiempo. Las redes sociales permiten a otras compañías desarrollar aplicaciones que utilizan los datos de usuarios de esas redes, excepto bancarios o protocolos de pagos.
La concentración informática prima en el internet y esta es otra forma de capitalizar los datos obtenidos de las publicaciones hechas por los cibernautas. La geolocalización y millones de datos publicados en motores de búsqueda como Google, Yahoo, o Bing (Microsoft), están integrados en los gigantes de internet que proponen diversos servicios a los usuarios. Esto les permite establecer un perfil etario, cultural y habitual de cada persona que ingresa a las redes, datos que en última instancia son usados con fines comerciales y seguimiento de la conducta personal del internauta.
Asociando visitas a determinados sitios web, horarios de navegación y otros detalles, las redes pueden establecer la edad del usuario y su intereses más íntimos. Google, por ejemplo, de las búsquedas y contenidos en su filial YouTube, explota el contenido de los mensajes electrónicos con una cuenta Gmail, aun cuando se comprometió a dejar de hacerlo.
En esta dinámica de las redes no existe límites ni ley que proteja la utilización de datos provenientes de motores de búsqueda. En el 2011, la Federal Trade Commission (FTC), ha sancionó a Facebook “por su gestión de datos personales” y llegó a un acuerdo con Google “por prácticas que atentaban contra la competencia”. Facebook fue sancionado en Europa en el 2017 con una multa de unos 135 millones de dólares, “por compartir datos personales con WhatsApp”. En Francia, esa misma red social fue multada por la Comisión Nacional de Informática y Libertades (CNIL) por 185.000 dólares por «faltas» en su gestión de datos de los usuarios.
Es hora de preocuparnos por el oscuro destino de nuestros datos personales publicados en redes sociales. Detrás de cada selfie o chat, otros se enriquecen a costa de nuestra intimidades.



