Vientos de guerra soplan desde el norte, en la frontera con Colombia. Una guerra sucia ante un enemigo invisible. Una guerra que, como toda guerra, agenda el inicio sin saber a ciencia cierta cuándo va a terminar. Una guerra sin ganadores. Una guerra importada y asumida por Ecuador por iniciativa ajena, sugerida por los EE.UU y ejecutada por Colombia contra sus propios grupos paramilitares. Una guerra que nos hace recordar, tristemente, que todo lo peor para el país nos ocurre en nuestras fronteras. Una guerra, en definitiva, en la que estamos dando señales de un belicismo extraño a la tradicional vocación pacifista de los ecuatorianos.
Desde el primer momento de la actual crisis fronteriza, dimos señales de que no estamos interesados en la paz, cuando desde el Estado amenazamos a los narco paramilitares “derrotarlos” en una guerra sin cuartel. El tono beligerante hace perder talante a un Estado que no tiene experiencia en escaramuzas bélicas contra grupos irregulares delincuenciales y, pone, en entredicho las propias declaraciones de permanecer “unidos por la paz”, cuando en el fondo se está pensando en hacer la guerra para conseguir esa paz. Vieja fórmula manida para justificar la intervención en un conflicto armado.
Ecuador nunca debió reconocer como interlocutor a la banda de Guacho, que es solo la punta del iceberg de un plan geopolítico global liderado por el intervencionismo de los Estados Unidos en la región. Un planeamiento intervencionista que se expresó en un Plan Colombia a punto de convertirse hoy en Plan Sudamérica, por insinuación de los funcionarios norteamericanos que visitaron la región en días pasados. Cabe mencionar que ese plan militar “contra el narco tráfico” permitió la instalación de bases militares estadounidenses, cuyo accionar está en entredicho puesto que a cambio de una evidente pérdida de soberanía, Colombia ve incrementadas las áreas de cultivo de coca en su región sur: 20 años del Plan Colombia, siete bases norteamericanas en territorio colombiano y más de 10 mil millones de dólares en cooperación y los cultivos de coca en Colombia incrementaron a 146 mil hectáreas en 2016.
Un informe establecido en un diálogo organizado en la FLACSO, señala que “las áreas donde en los últimos cuatro años se incrementaron se encuentran frente a las zonas de Mataje y Nueva Loja, y en todas esas áreas de Colombia existen disidencias”. Según el último monitoreo de cultivos ilícitos levantado por la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Crimen (Unodc), en Colombia hay 146.000 hectáreas con cultivos de hoja de Coca, casi el doble que en 2008. El informe refiere que 42.627 hectáreas están en el departamento de Nariño y le sigue el departamento de Putumayo con 25.162, ambos en la frontera con Ecuador.
La guerra sucia del narcotráfico que tiene lugar en la frontera norte colombo ecuatoriana, tiene como protagonistas a 12 grupos armados que libran una disputa existentes entre carteles mexicanos de Sinaloa y el cartel Jalisco Nueva Generación. Se dispone información de que uno de estos carteles mexicanos, a través del frente Óliver Sinisterra, que lidera Guacho, busca doblegar a las autoridades ecuatorianas y obligarlas a aceptar el negocio del narcotráfico. “La solución militar planteada puede producir la unificación de esos 12 grupos…y que se empiece a generalizar el conflicto y la guerra”, mencionó Fernando Carrión en la FLACSO.
La intervención norteamericana en los conflictos violentos relacionados con el narcotráfico no han dado resultados esperados en la región latinoamericana. En 2008 se firma con EE.UU. la iniciativa Mérida, un proyecto para México y para el Triángulo norte de Centroamérica. No obstante, la zona más violenta del mundo es el Triángulo norte: Guatemala, El Salvador y Honduras. Y en México se cuentan 75.000 muertos, más de 30.000 desaparecidos y la red global del crimen ha crecido de una manera impresionante que maneja y mueve 900 mil millones de dólares.
La guerra de guerrillas
La otra cara de la guerra colombiana, es aquella que el país del norte sostiene internamente durante seis décadas en una “guerra de guerrillas” impulsada por las Fuerza Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, y por el Ejército de Liberación Nacional, ELN. Colombia, en un proceso de pacificación de su territorio que se debatió en Cuba y Ecuador, logró acuerdos de desmovilización con las FARC, en La Habana. El resultado del acuerdo de paz suscrito en el 2016 entre el Gobierno de ese país y las FARC, desmovilizó a 12. 300 guerrilleros, pero han reincidido 800 como disidentes de la paz.
Si bien los indicadores de violencia como desplazamiento forzado, minas personales y secuestros bajaron, el año 2017 aumentaron los homicidios en Nariño, donde estaban las FARC. El Estado colombiano tenía que copar ese territorio y evitar que otros actores criminales tomarán la zona: aquello simplemente no pasó. Observadores consideran que uno de los grandes problemas del proceso de paz no proviene de las disidencias, sino de la falta de acción del Estado colombiano para cumplir con los acuerdos de la firma de paz. A los integrantes de las FARC se les confinó en 26 zonas veredales y los territorios de donde provenían quedaron sin la presencia estatal y eso es lo que ha producido la disputa de esos territorios, según se dijo en el conversatorio de la FLACSO.
Los diálogos de paz entre el Estado colombiano y el ELN, datan desde el 7 de febrero de 2017 y tienen lugar en la capital ecuatoriana. El proceso impulsado por el gobierno colombiano y avalado por el gobierno ecuatoriano, busca poner fin a una guerra interna que ha causado en más de 50 años, unos 300,000 muertos, 45.000 desaparecidos y casi siete millones de desplazados de sus lugares de origen, además, expulsó a Ecuador al menos unos 60.000 refugiados colombianos.
En las últimas horas Ecuador dio una señal impulsada por vientos de guerra. Una disposición dada a la cancillería ordena “frenar las conversaciones de paz entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), que tienen sede en Quito desde el año pasado”. Diversas reacciones generó la medida y ante el anuncio de que Ecuador dejará de ser garante del proceso de paz, la propia guerrilla ha afirmado que analizará las declaraciones del presidente Moreno: «Vamos a mirar [las declaraciones] y tan pronto como analicemos bien las cosas pues veremos», señaló una fuente de la delegación del ELN en Quito. Los vientos de guerra, que ahora soplan en Quito, muestran la otra cara de la paz: las partes seguirán matándose y enfrentándose «por muchos años o décadas más», y Colombia no «tiene por qué resignarse», ha dicho el presidente colombiano.
Los vientos de guerra sucia, de guerra intervencionista, de guerra absurda, no deben hacernos perder nuestra vocación de pueblo pacifista, de anfitrión de refugiados que buscan salvar su vida al amparo de la solidaridad ecuatoriana. Lo mejor que puede suceder a un país, en lugar del monstruo de la guerra, es que estalle una paz verdadera y definitiva.
No se tiene en cuenta que el conflicto requiere de un tratamiento integral, más allá del enfoque militar. En la línea de frontera, del lado ecuatoriano, hay población civil, niños, que carecen de infraestructura, acceso a salud, educación, servicios básicos y eso es un claro indicio de que allí, más que armas, hace falta planes de desarrollo social. Los vientos de guerra no deberán desbaratar los papeles de un futuro regional en armonía.



