Una de los hechos políticos que ha generado más expectativa en los últimos meses es, sin duda, el retorno de Rafael Correa al país. Y este retorno tendrá lugar el 2 de diciembre cuando el ex mandatario pise suelo ecuatoriano y se disponga a formar parte de la convención de Alianza País que tendrá lugar los primeros días de diciembre.
A diferencia de otros retornos presidenciales, Correa no está impedido de regresar y pudo hacerlo en cualquier momento durante este año. Bucaram y Gutiérrez, dos ex mandatarios que salieron del país, dramáticamente, luego de ser derrocados, regresaron cuando sus causas penales prescribieron o cuando un acuerdo político lo hizo posible. No es el caso de Correa que no enfrenta dictámenes judiciales que impidan su regreso. El ex mandatario viene a reordenar sus fuerzas, en el corto plazo, en un evento partidista en el que espera reagrupar sus huestes políticas. Y entre los probables escenarios durante su permanencia en el país, no se descarta una visita a su ex vicepresidente Jorge Glas, recluido en la cárcel N4 de Quito a escasas horas de que se inicie el juicio en su contra por cargos de asociación ilícita.
El Presidente Moreno, desde el balcón del Palacio de Carondelet, en un acto de apoyo de Democracia Si, el nuevo movimiento que encabeza su viejo coideario Gustavo Larrea, afirmó: “Todos los ciudadanos tienen derecho a circular libremente por el país. Así, nadie tiene que asombrarse ni extrañarse que otro ciudadano que vive en otro país y que comanda a su grupo desde un ático venga. ¡Que venga! ¡Que venga, por favor! Y haga una concentración en Quito en el estadio de Aucas, en el estadio Olímpico, que vaya a Guayaquil, a Cuenca, que no se esconda en las fronteras. Que venga donde la ciudadanía, de forma respetuosa pero contundente, le dirá lo que piensa de los últimos 10 años de su mandato”. La réplica de Correa no se hizo esperar, y en su cuenta de Twitter, escribió: “Ahora Esmeraldas es un escondite en la frontera ¡Qué barbaridad!
El regreso de Correa es una inmejorable oportunidad de medir fuerzas, de cara a la nación que se mantiene a la expectativa frente a la división que vive el movimiento Alianza PAIS, y que ha trascendido más allá de sus linderos orgánicos. Está por verse si la política sigue siendo ese acto de definición por grandes propuestas en grandes conglomerados, en abultadas votaciones a favor de las tesis del movimiento correista. Es decir, la forma de hacer política desde los micrófonos con estremecedores discursos que enunciaban movilizadoras utopías, grandes causas por las cuales inmolarse. Ese discurso de la modernidad en que la política -como propuesta de vida- era el reflejo explícito de principios ideológicos, con rotundos motivos que pretendían involucrar al pueblo, invocando las motivaciones de las mayorías. Ese soliloquio político, ideologizado y científico, que la posmodernidad se ha encargado de hacer caer en el descrédito y que, para muchos, amerita restaurar.
Ese discurso que se silenció desde mayo de este año, cuando un nuevo estilo retórico, menos torrentoso del actual Presidente, se impuso en el tratamiento de aspectos puntuales que atañen la vida de los ecuatorianos. Y se hicieron promesas temporales, y se consensuó sobre intereses inmediatos tratados, uno a uno, con cada sector social en el ejercicio de un coloquio directo con el mandatario. Esto no excluye que Correa intente un diálogo más íntimo con sectores sociales y políticos específicos, comenzando por los militantes más próximos de su movimiento. Y tampoco exime la posibilidad de que Moreno despliegue el discurso masivo, en un tono más enérgico del acostumbrado para dirigirse en general a la “masa” ciudadana, a la que debe convocar si aspira movilizarla en función de un resultado favorable en la Consulta Popular propuesta al país.
La política es aquella capacidad de hacer que las cosas ocurran. Moreno, tanto como Correa, tienen en mente construir escenarios políticos que deben ser concebidos en función de sus expectativas coyunturales, y también a más largo plazo. El uno debe demostrar al país que su estilo dialogal con todos los sectores políticos y sociales, su gesto de escuchar a obreros y capitalistas, a opositores y partidarios, rindió frutos en términos de ampliar la base social de su gobernabilidad. O caso contrario, se trató de una entrega gratuita a los sectores otrora considerados miembros de “la oposición de derecha”.
Por su parte, el ex mandatario viene a ratificar que se mantiene “viva la revolución ciudadana”, que la mayoría del país está dispuesto a seguirlo en su intento de patear el tablero y conformar una constituyente que haga borrón y cuenta nueva y le permita, además, recuperar el tiempo y los espacios políticos perdidos. En referencia a esta posibilidad, Correa se muestra más causto, menos triunfalista que el presidente de las sabatinas, y escribe en su cuenta de Telegram: “Este duro momento, en el que enfrentamos al peor enemigo, la traición, es una oportunidad. O la Revolución Ciudadana madura, evoluciona y se proyecta, o solo fue un gran momento en la historia…Es ahora cuando debemos enfrentar el reto de ser el futuro o un hermoso momento del pasado”.
Pasado y futuro; y, entretanto, un presente incierto que es tiempo para la decantación de los hechos. La historia demostrará quien tiene la razón y la fuerza política. Quién interpreta correctamente ese insoslayable guión ciudadano, que emerge desde las más íntimas aspiraciones populares. Es la hora de los alineamientos definitorios.



