El tomar el trolebús quiteño en una hora pico es una experiencia que genera ansiedad y claustrofobia, pues va tan lleno que el acceso de nuevos usuarios entraña un peligro. Las puertas se cierran aprisionando cuerpos y golpeando. Se entra a empellones porque hay la urgencia de llegar a casa, el trabajo o los estudios. Muchas mujeres refieren haber sido acosadas y manoseadas. Niños, embarazadas, ancianos y discapacitados son objeto de maltrato y se producen casos de asfixia y desmayos. En las guías turísticas para extranjeros se advierte sobre asaltos y hurtos.
Esta historia, que parece sacada de un párrafo de una novela de terror -que fue escrita con el talante de Cecilia Velasco-, comenzó en diciembre de 1995 cuando se inauguró el sistema municipal de transporte público en Quito. Al cabo de dos décadas esa escena cotidiana no ha cambiado en el Trolebús quiteño que, a la postre, transporta en las peores condiciones de incomodidad e inseguridad sobre 400 mil personas de uno a otro punto de las 52 paradas que existen en la columna vertebral norte sur de la capital quiteña, conectando con los llamados “alimentadores” otros puntos de la urbe. No obstante, el Trolebús fue diseñado para transportar hasta 180 mil pasajeros al día.
El alcalde Mauricio Rodas -con varias solicitudes de revocatoria de su mandato por incumplimiento de las ofertas de campaña-, y que no anda en trole, no sabe lo que sucede a bordo de esas “latas de sardinas” donde todo puede suceder. Si lo supiera, ¿acaso algo habría hecho contra los arranchadores que se trepan en las paradas y se quedan junto a la puerta para aprovechar el tumulto y apropiarse de lo ajeno? Algo por hacer que en los trolebuses quiteños no viajen amontonados más de siete pasajeros por metro cuadrado, cuando normativas internacionales sugieren no pasar de seis pasajeros y en Europa incluso, hasta cinco. Algo que impida a discapacitados, indigentes, sorprendedores, vendedores y estruchantes practicar su lastimera letanía pidiendo disculpas por engrosar el ejército de zombis urbanos olvidados del resto de la ciudad y que reflejan el clima deprimente y la atmósfera de miseria y suciedad que se respira en Quito.
En cualquier momento se sube el vendedor de CDs que convierte al trolebús en un karaoke con música a todo volumen, el “ciego” que con chulla ojo abierto pide caridad, el lisiado sin brazos que avanza a empellones por el pasillo del bus implorando una moneda entre los pasajeros. Se trepa el vendedor de caramelos que repite la misma letanía de todos los vendedores y su historia de supuestos paisanos recién llegados a la ciudad con un pariente en el hospital. Es el ejército de indigentes motorizados que venden su desventura: Se estará preguntando cuánto le cuesta, cuanto le vale al pasajerito o pasajerita, que dios le pague, y me perdone por interrumpir su trayecto, cualquier cosita es pan para llevar a la mesa de mis hijitos. Y están los raperos, vendedores de estampitas cristianas, el negro que amenaza con su sola presencia, predicadores apocalípticos, convalecientes con muletas, la madre que mantiene a sus hijos, la menor que vende helados, o los adolescentes con traza delincuencial a los que debes agradecerles por no robarte a vista y paciencia de todos…ya que me encuentro trabajando honradamente, después de estar en la cárcel largo tiempo, señores pasajeros…
Arrastran, de bus en bus, su misericordiosa y desamparada presencia y, acaso, forman parte de mafias que los reclutan, entrenan y lanzan a la calle bajo explotación “laboral” a vender chucherías, caramelos, enfermedades crónicas, accidentes laborales, hijos en emergencia médica, canciones románticas o patéticos mensajes de payasos que en lugar de hacer reír buscan hacernos llorar. Lo curioso es que esa práctica incluye al trabajo infantil, del que tanto se ufanan las autoridades de estar haciendo desaparecer en una capital que todavía tiene niños explotados por adultos que los obligan a transar mercancías callejeras.
La nueva Ley de Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial, en el artículo 139, literal e, impide la presencia de vendedores en los buses, y sanciona por una contravención leve de primera clase a los conductores con multa de 10 dólares y 1,5 puntos menos en la licencia. Esta normativa que ya se encontraba en la ley anterior, lanza a la desocupación a unos 25 mil trabajadores informales del país que tratan de sobrevivir del sustento diario de las ventas callejeras, según manifiesta Freddy Viejó, secretario de la Central Ecuatoriana de Organizaciones Clasistas (CEDOC). No obstante, la ley es subvertida por quienes la concibieron: las autoridades reprimen, por un lado, y permiten por otro, la presencia de los comerciantes informales, una doble moral que tranquiliza la conciencia de unos y exacerba la sensibilidad de otros.
Y está ese otro capítulo de la novela de terror, sobre el acoso sexual a muchachas. Todos los días se suben lascivos acosadores a frotar su miserable humanidad con los cuerpos jóvenes y menos jóvenes de estudiantes, oficinistas, obreras, mujeres de toda condición a condición de que tengan un apetecible trasero. Una campaña publicada en afiches al interior de los trolebuses envía mensajes, cuya efectividad habría que medir si bajó o no la estadística de siete de cada 10 mujeres que siente miedo o temor de movilizarse en el transporte público a causa del acoso del que son víctimas, según datos del Observatorio de Seguridad.
Y el clima de terror sobre ruedas se expande a toda la población que sube a un trolebús por la imparable acción delincuencial de ladrones, estruchadores, timadores que hacen de las suyas entre desesperados pasajeros que ven como, cada día, son víctimas de robos. De hecho, hace 10 años se reportaban más de 600 detenidos en buses y estaciones. La peor parte la llevan los discapacitados, personas de la tercera edad, mujeres embarazadas o niños -población de atención prioritaria- que viajan indefensos sin poder hacer uso de los puestos preferenciales, porque simplemente no son respetados cada vez que se trepan al transporte público quiteño.
Las rutas del sistema de transporte municipal -hace ya algunos años declarado en emergencia- son escenario del abandono cívico que vive la urbe con calles y pasos a desnivel atestados de grafitis, en casi la totalidad de los muros sureños y del centro norte de la ciudad. Extraños jeroglíficos que hablan de un yo existo de “culturas urbanas” marginales, cuyo lenguaje más bien parece una campaña de envilecimiento de la ciudad. ¿A qué hora estos pintarrajeadores urbanos disponen del tiempo -y más tiempo que el de las autoridades- para desmejorar, visualmente, de tal modo el espacio público?
En una crónica de prensa se lee: Cada vez que llegaba un trolebús para recoger pasajeros, hombres y mujeres se amontonaban de forma violenta en las puertas para ingresar pronto. Los policías metropolitanos pedían que no se amontonen en los ingresos: “¡Cuidado con sus pertenencias! ¡Eviten los robos!”. Precisamente este lugar es el de mayor peligro y allí se producen robos de celulares, dinero, billeteras, etc. Eso lo sabe Juan Zapata, secretario de Seguridad y Gobernabilidad del Municipio, pero dice que eso no ocurre solamente en el Trolebús, sino también en la Ecovía, Metrobús, Corredor Sur Oriental.
Las investigaciones han detectado que de los cuatro sistemas de transporte metropolitano que tiene Quito, la gente que utiliza el Trolebús es la más vulnerable al robo. Le siguen la Ecovía, el Corredor Sur Oriental y el Metrobús. Las paradas en donde los pasajeros tienen más problemas por la presencia de sospechosos son El Capulí, El Recreo (en el sur de la capital), El Playón de La Marín (centro), La Delicia y La Y (norte).
Incluso las modernizaciones que se han hecho en las estaciones y paradas del sistema presentan problemas de embarque y desembarque, denunciados por los usuarios desde el inicio de su operación. Esto porque las unidades no empatan exactamente con los andenes, reconstruidos a un costo de $ 13 millones de dólares, cuando se estacionan para dejar y subir pasajeros. Entre los biarticulados y las puertas de las paradas queda un espacio de 30 centímetros de separación. En algunos casos las rampas de desembarque desde los buses quedan a nivel más bajo o más alto que las estaciones. Esta situación obliga a saltar o agrandar el paso para subir o bajar, lo que complica el acceso de personas con problemas de movilidad, como adultos mayores, discapacitados, mujeres embarazadas y niños pequeños.
La novela de Cecilia Velasco, sobre el tormentoso viaje urbano en trolebús, se repite sin variaciones: Las lúgubres y miedosas estaciones en las que yacen desvencijadas cajas de cartón donde se arrojan los papelitos –tickets de pago- pueden estar atestadas o vacías, pero nadie se librará del monstruoso torniquete por el que se debe salir. Todo se ve mayor a 20 años, como las rampas de acceso a los vagones, el óxido, las roturas, y seguramente los desaprensivos usuarios habrán hecho lo suyo con marcador en mano y suciedad.
Continuará…



