Pinta rostros raspando el carboncillo negro que inicialmente esparce sobre el fondo blanco del papel academia de 300 gramos. Afanosamente van surgiendo rostros descubiertos por la luz y que estaban ocultos en la opacidad del espacio de trabajo. Acaso, del mismo modo Bismark Villacrés se reencuentra con el ser humano expresado en mil rostros que se acercan, se chocan y luego se alejan, dejando en capas sucesivas nuevos rostros que, a su vez, son cadenas migratorias que irán formando nuevas identidades. De niño fue un nómade que iba de barrio en barrio adonde la familia se mudaba con inusitada frecuencia. De allí que sus raíces no son firmes y los frutos son relaciones precarias con los otros que están allí, transitando en su infancia como inmanencias que de a poco fue captando en el arte del retrato, de la mano de una madre dibujante que le enseña el oficio a los cinco años de edad.
-Mis estilos eran el espacio, el universo, el sistema solar y cosas completamente fuera de la realidad. Ahora estoy tratando de entender que en mi infancia el deporte preferido de mis padres era cambiarse de casa, yo vivía en una casa tres meses y nunca podía establecer un nexo con el medio. Estaba completamente ausente de todo y tenía que exigirme para establecer una comunicación con la gente.
Cuenta el artista quiteño que se inició en el grupo de artes plásticas Runa-Pac y, luego integró el grupo cultural Ollantay; en ese avatar, aprendió el oficio que interpretó en las dimensiones del muralismo y luego en esculturas. Complementa sus formación estética en el Colegio de Artes Plásticas de la Universidad Central. En 1989 se establece en Montreal, Canadá.
-Iba de un lugar a otro y pintaba rostros de la gente, ellos me daban algo de comer, era una especie de trueque que hacía, y comencé a tener un interés muy marcado en la gente y su retrato.
¿La figura humana es una estructura difícil de dibujar, mas allá de las proporciones técnicas?
-El ser humano es la cosa más difícil de dibujar, porque las posibilidades de movimiento son ilimitadas. Esta dificultad no solamente es proporción, sino de expresión, es el gesto.
¿Ese retorno al ser humano se explica por la precariedad de relaciones humanas en la infancia?
-Exactamente. Siempre tuve preocupaciones sociales, yo he considerado que el ser humano es el centro de la vida.
¿Pintar el rostro de gentes es reivindicar al ser humano y reivindicarte tú mismo en él?
-No claro, yo revindico al ser humano, en la medida que lo pongo como elemento central en mi obra, yo me reconozco en él. Me defino como artista, a partir de lo que veo de los otros, ellos son mi referencia.
En el retrato esencial – se dice que se le roba el alma al retratado-, pero éste también nos roba algo y nos metemos dentro de ella…
-Si efectivamente, yo establezco un nivel de comunicación con la persona a la que quiero retratar, hay un proceso de apropiación de la historia de la persona. Se descubre en esta búsqueda que hay gente que vive más drama que otros. La gente tiene dos rostros: el que vemos y el rostro oculto que se descubre.
¿Lo más expresivo del rostro son los ojos, el espejo del alma, por decirlo de una forma cursi?
-Yo soy un poco cursi en ese sentido (ríe.) Los ojos te dicen todo, los ojos que miras, que te miran. Trabajo primero los ojos el resto es accesorio, son detalles, el brillo, la luz.
Vino a Quito con una exposición de retratos en carboncillo que expone en Casa Éguëz desde el 27 de septiembre y permanecerá abierta al espectador por algunas semanas. El suyo es un arte a profundidad, donde la huella de lo humano está viva en todo momento, sin soslayar la presencia del artista como suele suceder en otras manifestaciones contemporáneas.
-Sobre todo el arte conceptual, donde el ser humano está completamente ausente.
Bueno, Avelina Lésper habla de un falso arte, cuando se refiere a lo contemporáneo, ¿compartes esta mirada?
-Hay una cosa que es esencial dentro del arte, la capacidad de crear una emoción, mi preocupación principal es esa. Lo veo en el medio donde trabajo, que hay una especie de facilismo de ciertos artistas de recrear lo que sería una realidad, o una acción, a través de elementos que son muy ordinarios.
¿En el arte conceptual está ausente el ser humano, como sujeto y como objeto?
Completamente, si el arte no es capaz de defenderse a sí mismo, ahí hay un arte que es falso, mercantil, que no dice absolutamente nada, que se presenta como arte, esa es la cuestión.
¿Lo tuyo es un expresionismo, un hiperrealismo o no te gustan los ismos?
-Tengo horror de eso. Trabajo con muchas técnicas, no me suscribo a una sola. Trabajo sobre temáticas que para mí son importantes en el contexto en el cual yo vivo: la identidad. Yo vivo en una sociedad de inmigrantes, a Montreal llega gente de todas partes del mundo. Yo quiero mostrar de que en esa realidad la gente sufre tensiones sociales y étnicas muy grandes.
Tus rostros, son mil rostros de migrantes….
-En la época donde estamos viviendo hay un pueblo estigmatizado que son los musulmanes, se generaliza sobre ellos como una amenaza. Con este trabajo trato de establecer unos puentes, un espacio de reflexión para que la gente se acerque al otro, al desconocido y se va a dar cuenta que no es tan diferente de los suyos.
Tú piensas en sentido visual inverso, primero negreas el papel blanco y luego vas borrando el carboncillo, es como dibujar sobre un negativo…ese es tu secreto profesional…
-Si, por sustracción. No me interesa guardar secretos profesionales, pienso que debo compartir este conocimiento y esta técnica que va evolucionando y se proyecta más lejos de lo que yo estoy haciendo. Hay mucha búsqueda en este trabajo, uso mucho el borrador, el soplete, buscando texturas y a partir de eso construyo otras formas. El lápiz solo me sirve para definir. Experimento mucho con tintas, con polvo comprimido, esta búsqueda es constante. El cuadro se pone horizontalmente para hacerlo, y voy esparciendo, borrando, agregando más polvo, sustrayendo, en fin.
La serie que traes a Quito y expones en Casa Éguëz se llama Rostros…
-Si, es una serie viva que comencé hace seis años, son cuadros que van apareciendo y desapareciendo, son los encuentros que tengo con la gente.
Tienes un auto retrato, que también es de un migrante…¿hacia tí mismo?
-Absolutamente. Ese desarraigo de no pertenecer a una parte. Esa es una de las cosas que yo llamaría una constante, un cuestionamiento, ahora el país que dejé ya no existe ese país, estoy perdido en esta ciudad. Al final, mi país es donde me siento bien.
Fotografías Leonardo Parrini



