Ser o no ser. El viejo dilema shakespeariano está vigente en la política ecuatoriana, enfrentados a definir nuestra propia existencia como país constructor de una sociedad más humanista. ¿Es aquello posible, o estamos de bruces cayendo en una utopía irrealizable?
Cuando la política pierde la perspectiva del deber ser, y se empantana en minucias triviales, se ha perdido el sentido mismo de hacer política. La vieja consigna de Hamlet se pregunta si es más noble aceptar los caminos del destino y de la fortuna o dar fin a la vida y así también a los sufrimientos que conlleva. Ese es también el dilema de nuestros políticos criollos, duda que les asalta frente a las decisiones importantes que hay que tomar.
Han transcurrido más de cien días de gobierno y la duda persiste. Aún no hay gobernabilidad tangible, es decir, hasta el momento la política criolla se expresa en un discurso virtual, mediático, sin medidas prácticas. Lo prioritario es desmontar lo gobernado, que construir una nueva gobernanza. Y la respuesta es afirmar lo gobernado. En este dilema de ser o no ser, gobierno y oposición pasaron de la política real al discurso electrónico, al tuit denunciador y al meme denostador.
¿No será la hora de reaccionar?
El gobierno debe gobernar, implementar políticas públicas en beneficio popular. La oposición no solo oponer, sino proponer al gobierno sugerencias viables. ¿Hay en ello el abandono de sus principios? No, porque en una democracia dialogal -como propone el gobierno- debería imperar un sentido de Estado, es decir, de estructura como país que nos represente a todos.
Por ejemplo, no puede la política exterior ecuatoriana estar al servicio de las pretensiones inmediatistas de un gobierno, sino del país como nación. De igual modo, la política de salud no debe servir para lucrar del negocio de la medicina, sino para precautelar la salud pública y familiar de los ciudadanos. La educación debe servir para construir un nuevo imaginario colectivo de un país más solidario, productivo y sabio. El ministerio constructor deberá poblar de viviendas el territorio nacional con planes accesibles para los menos favorecidos. La cultura debería regir una política pública multicultural, diversa e incluyente que tome en cuenta todas las manifestaciones creativas y productivas del pueblo ecuatoriano.
Echar andar el plan Toda una Vida, de una vez. Seguir dando salud gratuita, ahora con el programa del Médico del Barrio. Continuar los planes de vivienda, que ya debieron construir más de 2.500 unidades en estos cien días. Educar para la vida en valores y en escuelas dignas, bajo una mirada didáctica que enseñe un nuevo país. Hacer política exterior en busca de mejores aliados internacionales, proyectarnos como nación soberana, conquistar nuevos mercados y nuevos proveedores de experiencias válidas. Practicar una política en defensa de la paz y la seguridad nacional. Hacer de la cultura nuestra manera de ser y hacer un nuevo Ecuador.
Frente a estos desafíos y ante el dilema moral de la conducta cotidiana, no cabe la duda del ser o no ser, puesto que frente a la realidad, lo humano es hacer. Ese es el gran dilema que no acepta medias verdades. No puede ser que el país se divida entre «traidores y corruptos», según los propios calificativos que se endilgan mutuamente. No puede ser que no exista una alternativa popular al margen del bulin político que devuelva a la política el sentido de cambio social, de servicio ciudadano en la construcción de una sociedad más humanista. La doble moral política: una que predica y no practica y otra que practica y no predica. El divorcio entre teoría y praxis será el acabose nacional.
Nos pronunciamos en contra de la diatriba virtual que expresa una mediocridad real. Las redes son un medio de comunicación social que debe ser bien utilizado para analizar y criticar con altura, para oponer y proponer soluciones, según nuestros derechos ciudadanos. Si la política no garantiza salud, educación, vialidad, vivienda, seguridad social, cultura y esparcimiento para el pueblo, no sirve. Si la política no cambia el ser nacional, no sirve. Si la política no construye una sociedad humanista, no sirve.
Ser o no ser: esa es la cuestión de la política criolla.



