El viejo Marx llegó a sentenciar que la historia se repite una vez como tragedia y otra vez como farsa. La enseñanza marxista no ha sido debidamente asimilada por los pueblos del mundo que cada cierto tiempo reeditan los capítulos más lúgubres de su historia. Chile no ha sido una excepción. Como una constante el país de la estrella y del pueblo solitario, ha permanecido en la orfandad todos este tiempo, luego de que cayó, al cabo de 17 años, el siniestro telón de la dictadura militar de Pinochet, impuesta a sangre y fuego la mañana del 11 de septiembre de 1973.
En la precariedad política de una democracia incapaz de desmontar algunos de los mecanismos representativos heredados de la dictadura, subsiste en Chile una carta política que permanece vigente, sin que hasta el momento haya sido reemplazada por una Constitución más democrática. De igual lógica, es el sistema político parlamentario que no se muestra interesado en desmontar el modo de producción económico imperante desde los días de la dictadura, con leyes que permiten el monopolio concentrador de riqueza en un país sometido a contrastes económicos y laborales que convierten a Chile en la nación más desigual del mundo.
Alguna vez Nicanor Parra dijo: la cultura en Chile permanece clandestina, refiriéndose a un estatus cultural reprimido, o auto reprimido, aun en épocas de la democracia. Pareciera que en Chile subyace un sustrato que borbotea el caldo de una clase media inculta y arribista que, con afán figurador, niega sus raíces y cultiva formas de una cultura de masas que siempre consagra el pasado y repite, hasta la saciedad, mitos y clisés de un país clasemediano y mediocre.
En Chile persiste, como botón de muestra, un folclor pintoresco de música huasa, cuecas y tonadas trilladas e insustanciales, repetidas en septiembre el día de la Independencia nacional, como si las empanadas, el vino tinto y la jarana folclorista reviviera desde siempre y por siempre un país inamovible, anquilosado en costumbres que no lograron cambiar, ni para bien ni para mal, la dictadura fascista de Pinochet ni el gobierno revolucionario de Salvador Allende. Es la melopea de una cultura mimética que reproduce los paradigmas de antaño, en una actitud indolente y trepadora, que sobresale a codazos disputando los espacios competitivos en todos los órdenes de la vida nacional.
Chile, en su inamovilidad, reproduce los reflejos de esa cultura conservadora, acrítica, que compite en desigualdad de condiciones con las formas culturales insurgentes y transgresoras de una realidad históricamente conservada en una cúpula de cristal inaccesible. Cabe preguntar cuántas de las formas culturales populares que emergieron contestatarias a la dictadura, han sido absorbidas, limada las garras, por una cultura de masas imperante -por obra y gracia de los mass media y de la academia oficial-, arraigada desde siempre en el imaginario colectivo de los chilenos.
Sintomáticos son los comentarios de una joven mujer militante de las filas progresistas: ser joven, ser comunista y ser mujer no es fácil en una sociedad machista, discriminatoria y conservadora. Síndrome es también un sistema educativo que permanece inamovible y cuestionado por los estudiantes secundarios -los pingüinos rebeldes- desde la dictadura. Y los viejos en Chile no la pasan mejor, con un sistema previsional que no atiende su derecho a una jubilación digna, sino los intereses de grandes grupos económicos que, a marzo de este año, administraban 186 mil millones de dólares provenientes del aporte laboral.
En el país del sur, tan lejano y tan próximo a Violeta Parra, en el mes de septiembre de efemérides lúgubres, caben ciertas preguntas de rigor para el Chile actual: ¿porque los pobres aun no tienen? ¿Por qué volver a los 17 después de vivir un siglo de inamovible existencia? ¿Por qué dar gracias a la vida, para luego despreciarla de golpe, en un instante y para siempre? Esa es la historia repetitiva y repetida, en la loca geografía de un país de larga y extensa tierra como invierno, sin la primavera de septiembre.



